El sabor del exilio

Publicado el 28 agosto,2017 Por: Margarita Solano Abadía

Al cuarto para la media noche, el silencio es embestido por varios golpes a la puerta; son recios y con la certeza de poder tumbar el armazón. Nélida salta de la cama. La siguen sus padres y tres hermanos varones. Su hermana es la última en despertar.

La familia Herrera permanece inmóvil detrás de la puerta, las gallinas no dejan de revolotear en el solar. Hombres y mujeres están petrificados sobre el piso de tierra de la choza que habitan. Sienten cómo los golpes en la puerta les martillan la sien.

Cuatro, cinco, seis… La puerta cede forzada por el filo de hachas putrefactas. Las manos que las portan están dispuestas a todo y dan paso a unos ojos y una boca que les lanza una pregunta.

—¿Quién es Hipólito? —pregunta un hombre que como bienvenida cubría su rostro con pasamontañas—. ¿Que quién es Hipólito? —esta vez grita.

Las hachas apuntan el rostro de la familia González. Raumir, el menor de los varones, se anima a contestar: —Todos somos Hipólito.

—Entonces todos a la camioneta —la voz seca, la orden dada.

Es una noche de 1996 en Mariangola, Cesar. Raumir, el valiente, avanzó primero. Lo siguieron Hipólito, Rafael y el papá de los muchachos. Nélida atravesó la puerta destrozada. Afuera, once camionetas amarillas se habían formado en caravana. La segunda abrió camino con los varones de su vida montados ahí. Faltan 13 minutos para la medianoche.

***

Nélida es una mujer de un metro con 60 centímetros y caderas que bailan al caminar en contraste con un rostro marcado por el trabajo. Motivada por el proceso de paz, desempolva sus archivos y rebobina los recuerdos tras dos décadas de exilio en la Ciudad de México.

La fotocopia de la portada de El Heraldo de Barranquilla del 26 de noviembre de 1996 domina la conversación. La plasta de polvo de tóner hace la fotografía indescifrable, pero a la par de la explicación, la imagen toma la forma de un dolor enclaustrado con ayuda del exilio.

—Mi papá tiene un orificio en la frente. No se le ve maltrato, su ropa está intacta. Mi hermano Raumir tiene un hueso del brazo levantado. Rafael tiene una venda en la cabeza; le han destrozado el cráneo y el estómago —explica la sobreviviente con ayuda del índice.

Nélida cuenta cómo hace 20 años el Ejército colombiano llegó a MariangolaAlgarrobo y otros municipios del Cesar. La razón se encuentra en las montañas de cara a varios caseríos que se convirtieron en el refugio de un frente de la guerrilla de las Farc. Por las mañanas, los rebeldes solían desayunar en fondas del poblado, compartir con familias, jugar fútbol con los más chicos. Entonces losparamilitares se dejaron ver en la región bajo la bandera de “limpiar” los poblados de la guerrilla.

“Si asesinaron a mis hermanos sin ser guerrilleros, nuestras vidas corrían peligro”, asegura con la vista en el suelo.

Tras la masacre, la madre y la hermana de Nélida optan por huir a Barranquilla. Allá cuentan con el apoyo de un tío que promete ayudarlas para empezar de cero. Sin saberlo, Nélida y sus cinco hijos menores, tan seguidos uno del otro como las letras del alfabeto, comienzan a esbozar una vida nómada y construyen su propio retrato de la familia colombiana que jamás se volverá a reunificar.

“Primero fuimos a Cartagena, estuvimos una semana en un albergue. Mi hija de cuatro años comenzó a vomitar, después tuvo fiebre, se puso muy mal. Yo allá no conocía a nadien. Salí con ella cargada, desesperada, buscando la Cruz Roja. La niña tenía el estómago lleno de parásitos”, toma aire, enmudece. La tristeza de Nélida sepultada en la memoria es inocultable.

El relato nos guía a un rostro desencajado, sandalias a medio reventar y una niña de cuatro años en brazos. La trabajadora de la Cruz Rojapregunta el motivo de la consulta. Tras relatar la historia de sus hermanos asesinados a manos de las Autodefensas Unidas de Colombia, la historia de los parásitos viviendo en la panza de su hija queda relegada. Al día siguiente, Nélida es evacuada de Colombiarumbo a Costa Rica y luego a México con el estatus de refugiada. Es su primera vez en un avión. Su rumbo es un país desconocido, huyendo de una violencia que no entiende.

***

“Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte”:
Miguel de Unamuno.

Fotografía: Elizabeth Andriópulos.
Nélida cuenta los motivos del exilio que la llevaron a emprender una nueva vida en México.

A las seis de la mañana, Nélida habla con los militares que resguardan el caserío de Mariangola.

—Pero ¿cómo pueden no haber visto nada, si en un pueblo de dos calles, que pasen once camionetas amarillas es tan evidente? —Los soldados aseguran desconocer el paradero de los González.

Ese frío noviembre de 1996 sopla desde la montaña un viento helado que trae a cuestas el presagio de la muerte. Un equipo de búsqueda conformado por amigos y lugareños trabaja desde la noche anterior.

—Nélida, al pie de la carretera, aquí… a las afueras —grita bajando la montaña un voluntario apuntando a la carretera que divide Mariangola de la nada.

Las piernas de Nélida, temblorosas al caminar, llegan al destino: una acequia por donde se conduce el agua para riego. El canal lleva los cuerpos atormentados de su papá, hermanos y otros campesinos cuyas esposas desconsoladas se abalanzan en un abrazo eterno. El llanto incesante de una madre acompaña la huida de Mariangola en la camioneta donde hasta ayer vendían aguacate. La casa de patio grande, las gallinas todavía inquietas, la puerta violentada. Las recámaras completas, la cocina y los trastes de la última cena quedaron en el ayer.

Ese sábado sobreviven a la masacre las tres mujeres de la casa: Nélida, su mamá y la hermana de quince años. Entre las tres montan los cuerpos donde antes iban las verduras cosechadas, llenan mochilas con la ropa que cabe y juran jamás regresar. Nélida opta por cerrar los ojos. Su mente se enfoca en ese aire que recorre la espalda al tener a cuestas a sus hermanos muertos.

***

La unidad residencial Vasco de Quiroga de la Ciudad de México bien podría ser vista como una favela en Brasil o una villa en Argentina. Al fondo, un caserío de techos humildes se levanta sobre un cerro. Son 39 edificios enrejados y los barandales sirven de tendedero de camisas, pantalones y ropa interior. Durante los últimos seis años, Nélida dedica sus horas libres a dar talleres a jóvenes mexicanos en situación vulnerable. Dice que no quiere que los muchachos terminen en las drogas ni inmiscuidos con las pandillas. Quiere que ellos huyan de la violencia sin verse en la necesidad de tener que abandonar su patria ni su familia.

Es sábado y en un patio de la Vasco de Quiroga, Nélida extiende cinco cartulinas en la pared y pide a sus alumnos que escriban palabras relacionadas con la paz. Los muchachos conversan, ríen, escapan de su entorno. Cada mes recibe un apoyo del Instituto de la Juventud de la Ciudad de México, como retribución por su trabajo con los jóvenes. Para completar los gastos de manutención de una familia con cinco hijos, vende aretes, pulseras y collares colombianos en el mercado popular de los domingos. En el piso del apartamento de no más de 40 metros donde vive Nélida hay una tela negra, bisutería y un molino de acero inoxidable en el que hace arepas con maíz trillado, “así como las hacía en casa de mi mamá”. Viene una franca sonrisa.

Recibe entonces un obsequio: una bolsa colorida que trae en su interior la remembranza de Colombia. Un paquete con seis arepas originales rellenas de queso, buñuelos y cuatro envases de Pony Malta. Son las ocho de la mañana y el desayuno está servido. Un banquete que lleva años sin disfrutar, que sabe a todo menos a exilio.

—Esteban, ven a ver esto —le grita Nélida a uno de sus hijos. El adolescente, al igual que sus hermanos, no recuerda nada de Mariangola. Huyeron a los cinco años.

—¿De qué es, mamá? —sostiene la botella café de etiqueta roja.

—Es de cebada, hijo, es nuestra cerveza colombiana.

Esteban prueba la Pony Malta intentando descubrir su sabor. —Sabe rica, mamá, me gusta… Creo que sabe a Colombia.

Nota: Esta crónica fue publicada en el diario El Espectador de Bogotá, Colombia.
http://colombia2020.elespectador.com/pais/el-sabor-del-exilio

Publicado el 28 agosto,2017 Por: Margarita Solano Abadía

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