Alberto Salcedo: la terquedad de un oficio

Publicado el 15 enero,2016 Por: Margarita Solano Abadía

“La mejor herramienta de un contador de historias es la terquedad, el optimismo irracional”

 Alberto Salcedo Ramos

Por Margarita Solano

Dicen que son seres espirituales sin carne y hueso creados por Dios para librar batallas en el cielo. Miles de años antes de Cristo, muchos cayeron en tiempos de rebelión pero los sobrevivientes, pasaron a la Biblia como los elegidos: Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Jofiel, Samuel, Zadkiel, todos ángeles. Los de Lupe Pintor, ex boxeador mexicano campeón del mundo en su categoría, se llaman Enrique y Jhonny, un amigo muerto, otro en el cielo por sus propios golpes. Los del cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, están en la tierra, son sus lectores.

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Alberto Salcedo Ramos durante la presentación de su libro más reciente.

Es la noche de un miércoles donde el viento sopla con fuerza en el Distrito Federal. La lluvia humedece los abrigos que salen del armario y más de 150 ángeles terrenales han llegado a Colima 378 para la presentación de Los Angeles de Lupe Pintor, el más reciente libro del cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos.

Las sillas no dan a basto, el costado izquierdo está rebasado por gente parada una tras otra. Frente a ellos un grande: Juan Villoro, escritor mexicano. Junto a él Salcedo con su chamarra azul marino se rasca la cabeza. Del otro Guillermo Osorno, Director de Horizontal y anfitrión del lugar, sonríe de cuando en vez, suelta miradas a un auditorio ávido de escuchar historias.

Las que el barraquillero cuenta en el libro bajo el sello de Almadía, hacen parte de esas obsesiones que le atañen desde siempre: el deporte, la música, el amor y ese mar azul que no puede dejar de contemplar cuando menos una vez al mes. Entonces aparecen  relatos como el de El Chato, el árbitro que expulsó a Pelé, los pleitos y envidias a través del Vallenato y cierra con una historia de amor de una niña odiosa que un día lo amó.

Los Ángeles de Lupe Pintor están en el cielo, los de Salcedo llegaron hoy.

El salón de ambiente bullicioso ahora se asemeja a una iglesia en momento de reflexión. El turno es para Juan Villoro, ese escritor mexicano consagrado que cualquier autor quisiera tener de aliado a la hora de presentar su libro. Aficionado al fútbol, seguidor del Barcelona, amante del rock y lector de Los Angeles de Lupe Pintor del cronista colombiano que ha vuelto a rascarse la cabeza.

–Alberto nació en unos de los lugares más propicios para la crónica y para entender al mundo original, Barranquilla, una ciudad totalmente excepcional. Fue la ciudad más liberal de Colombia porque nunca tuvo un obispo. Hoy en día el mayor exponente de la crónica en este lugar es sin duda el autor de Los ángeles de Lupe Pintor —Villoro hace una pausa, mira a Salcedo, continúa.

—El boxeo ha inspirado historias memorables y las de Alberto se merecen el cinturón de peso completo porque es realmente alguien que sabe captar el reverso de las historias. El libro para los lectores mexicanos nos queda muy cerca no sólo por la figura de Lupe Pintor sino por los temas que tiene que ver con el sentimentalismo compartido de las canciones, por las tragedias de los héroes públicos, la mitología de los deportes y de la cultura popular. Hoy en día la realidad Latinoamericana sucede dos veces, primero en el mundo de los hechos y después para que la escriba Alberto Salcedo Ramos —dice Villoro y los aplausos no cesan; Salcedo se ha rascado tres veces la cabeza, sonríe.

El cronista colombiano tiene el carisma del caribe colombiano impregnado en su garganta. Es un costeño cuyas palabras no escapan del chiste, la anécdota, la metáfora familiar.

—Yo nací en Barranquilla una ciudad sumamente chismosa, en donde el gran deporte cotidiano es comer prójimo, hablar mal de la gente y sobre todo chismosear sobre los hechos de la ciudad. Barranquilla es el único lugar del mundo donde hay tanto virtuosismo en el chisme que la gente se permite chismosear en tiempo futuro. En Barranquilla no le dicen a uno que Susana se ha embarazado, sino que la van a embarazar y da la casualidad que después embarazan a Susana.

Las carcajadas de los ángeles ahora se conjugan en un sonido estridente. Son casi las nueve de la noche, la presentación ha terminado.

María es una periodista mexicana que no puede evitar plantarse frente a Salcedo mientras el escritor garabatea mensajes en ese libro de portada naranja que todos llevan bajo el brazo. Pasa uno, pasan dos… todos pasan.

Lo vio tres días seguidos antes de presentar Los Angeles de Lupe Pintor, en un taller de crónica que la dejó con ganas de salir con libreta y mochila al hombro “a comerme el mundo, a contar historias”. Su libro ya está firmado, ahora sigue ahí parada sin que el autor lo sepa.

La virtud de Salcedo está en esa narrativa caribeña que seduce pero también en su terquedad. Esa que le permite insistir por años para lograr una entrevista, que camina ocho kilómetros en la selva para acompañar a un niño en su travesía diaria por llegar a la escuela, que edita horas y días hasta encontrar el verbo perfecto, la metáfora para recordar. Alberto es un cronista colombiano que en tiempos de inmediatez informativa, hace que sus ángeles dejen de tuitear para leerlo.

—¿Qué nos queda a los periodistas que queremos contar historias pero nos están cerrando los medios para publicarlas?

—Sencillo, nos queda la terquedad. La mejor herramienta de un contador de historias es la terquedad, el optimismo irracional, el hacer cada mañana un acto de fe en el oficio. Me tiene sin cuidado que todo el mundo esté cerrando porque mientras tenga vida, mientras respire, mientras los pulmones tengan signos vitales, yo voy a seguir contando historias. Nosotros los cronistas tenemos el síndrome de los músicos de la orquesta del Titanic, vamos en un barco que se está hundiendo pero no nos queremos dar por enterados de eso porque preferimos seguir tocando el violín.

Salcedo toma mezcal, está contento. Sus respuestas se hacen escuchar pese al sonido de una cumbia que hace que algunos colombianos muevan la cabeza._DSC0687

—¿Cuál es el reto para el periodista colombiano con un proceso de paz en puerta?

—Yo creo que el reto de todo el periodismo -no sólo el colombiano- es convertirse en un guardián de la capacidad de asombro porque tenemos una realidad repetitiva en la cual a veces cuesta trabajo saber que lo que está pasando y verdaderamente está pasando hoy, es lo que pasó ayer y ya es una repetición. El periodista tiene que preservar la capacidad de sorpresa de la gente para tratar de construir memoria.

—¿Habrá paz en Colombia?

—Yo soy absolutamente seguidor del proceso de paz en Colombia. Tengo 52 años y no recuerdo un solo día de mi vida  en el que me haya levantado y no haya habido en mi país algún conflicto, yo creo que nos hemos pasado la vida buscando pretextos para hacer la guerra y ya va siendo hora de que le demos una oportunidad a otras formas de convivencia. Yo creo que el presidente Juan Manuel Santos ha sido muy valiente al arriesgar su capital político para tratar de encontrar un acuerdo político con la guerrilla de las FARC, que es la más antigua del continente. Él supone, como suponemos muchos que lo acompañamos en este proceso,  que cuando se logre esa conciliación vamos a tener un país más viable.

Ahora llegan Rosa Isabel y Santiago. Tres libros de Salcedo han comprado en la entrada. Uno para el hermano de Rosa, otro para un escritor, uno más para ellos dos. Viven en la Ciudad de México, colombianos de nacimiento.

—Mi hermano me dijo que Alberto Salcedo era el mejor cronista de todo Iberoamérica— le dice Rosa Isabel al autor que ya tiene tres mezcales en la cabeza.

—Eso es mentiras Rosa, el mejor es ese —responde el autor señalando con la boca al que antes ha llamado “mi hermano mayor”, se trata de Juan Villoro.

Salcedo no cree en los ángeles, ni siquiera en el de la guarda.

—Duermo así con las piernas abiertas de par en par para que ninguno se me suba encima— comenta entre sonrisas y mezcales.

Pero allí están María, Santiago, Rosa Isabel; también está Villoro y un centenar de almas terrenales que persiguen sus historias e hijos en papel. Son los ángeles de Alberto, el cronista, el autor. Un barranquillero “bien chismoso” que sí es profeta en su tierra.

Publicado el 15 enero,2016 Por: Margarita Solano Abadía

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