El Guillermo Cano mexicano

Publicado el 28 agosto,2017 Por: Margarita Solano Abadía

El 17 de diciembre de 1986, sicarios al mando de Pablo Escobar cumplieron la orden de asesinar a Guillermo Cano, director del El Espectador. Don Guillermo —como lo llamaban sus amigos cercanos— salía de la redacción cuando fue baleado por dos hombres en una motocicleta. La ausencia de Cano marcaría uno de los episodios más violentos para la prensa colombiana. El recuerdo todavía duele.

Hoy, a tres décadas de distancia, una historia muy parecida se repite en Culiacán, Sinaloa, al norte de México, con el asesinato de Javier Valdez Cárdenas. El “compa” de muchos, cofundador de Río Doce y corresponsal de La Jornada, recibió doce impactos de bala a escasas cuadras del medio al que dedicó 14 años a contar historias sobre las víctimas del narcotráfico, en un estado como Sinaloa, cuyo cartel lleva su nombre y su máximo líder, Joaquín El Chapo Guzmán, se encuentra recientemente extraditado a los Estados Unidos.

Javier Valdez es para México una insignia del periodismo valiente y comprometido. Todo aquel que quisiera entender la guerra del narcotráfico en México era direccionado con él. El dueño del sombrero Panamá, sonrisa franca y anécdotas que parecían sacadas de un guión de Tarantino, fue acribillado hace dos semanas y con él se fue el amigo de muchos periodistas latinoamericanos a quienes contagió con su experiencia en medio de cervezas en el bar El Guayabo de Culiacán.

 

La pérdida de Valdez enluta a un gremio que lleva décadas ejerciendo el periodismo sobre un polvorín donde cada 26 horas son víctimas de una agresión o censura. Para el periodista mexicano Alejandro Almazán, no hay duda. Quienes asesinaron a su amigo “son los mismos hijos de puta que llevan años asesinándonos como si fuéramos zancudos: policías, militares, funcionarios, narcos o políticos. Pura gente que a diario comete cobardías”.

Javier Valdez le contaría a Almazán sobre dos ofertas de trabajo que tenía para irse de Culiacán. Una en Yucatán, otra en Estados Unidos. Ninguna concretó. En su última columna, conocida como Malayerba, Valdez cuenta cómo asesinaron a uno de los sicarios preferidos de Dámaso López, alias el Licenciado, 24 horas después de salir de prisión. López, quien fuera la mano derecha del Chapo Guzmán, fue capturado recientemente en la Ciudad de México y disputaba el control del cartel de Sinaloa con los hijos de Guzmán Loera.

En febrero pasado, dos meses antes del asesinato de Valdez, la publicación de Río Doce fue prácticamente secuestrada por varios hombres que compraron la mayoría de los ejemplares de los puestos de revista. Valdez había publicado una nota donde un enviado del Licenciadoaseguraba que su grupo no había atentado contra los hijos del Chapo Guzmán en una reunión que terminó en balazos.

Río Doce recibió amenazas, algunos colegas de Javier pensaron que quizás la publicación había sido un “descuido”, como seguramente pensaron muchos en Colombia a finales de los 80, cuando El Espectador publicó la primera fotografía de Pablo Escobar detenido por narcotráfico.

Cano escribía en su último editorial: “Así como hay fenómenos que compulsan el desaliento y la desesperanza, no vacilo un instante en señalar que el talante colombiano será capaz de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más honesta y más próspera”. En su libreta de apuntes escribió, “hay que decirle a la mafia: ¡Ni un paso más!”.

Valdez, en el libro Con una granada en la boca, dijo: “Tengo que escribir lo que veo y lo que escucho, tengo que levantar la voz para que sepan que el narco es una plaga, un devorador que traga niños y mujeres, devora ilusiones y familias enteras. Tengo que decirlo, con miedo y coraje, indignación y tristeza. Somos muchos los reporteros que buscamos la nota en plena incertidumbre, que tenemos claro que un día un balazo puede llegar antes que nosotros… tengo que escribir, tratar de rescatar la voz de tantas personas hundidas en la desesperación y una esperanza enferma”.

#NosEstánMatando: el grito de auxilio de todo un gremio

El 18 de diciembre de 1986 fue un día de silencio en todos los medios colombianos. “No hubo periódicos, ni noticieros de radio ni televisión ni salieron revistas. Todos los medios siguieron el féretro de don Guillermo en su viaje al panteón”, cuenta el periodista Rodolfo Rodríguez en una nota conmemorativa publicada en El Espectador una década después del asesinato de Guillermo Cano.

En México, después del asesinato de Javier Valdez, aparecieron páginas negras y fotografías de los seis periodistas asesinados durante el 2017 y se viralizó el hashtag #NosEstánMatando, donde se sumaron voces de repudio de periodistas, blogueros y víctimas de la violencia, hoy protagonistas de la nota roja.

Para periodistas colombianos que han trabajado en México, la agresiones sistemáticas a la libertad de expresión son insostenibles. “Siente uno que el pasado de Colombia nos respira en la nuca”, dice Catalina Ruiz-Navarro, fundadora de @estereotipas.

“Lo que están viviendo nuestros amigos mexicanos me recuerda a nuestra Colombia de los ochenta, cuando nos encontrábamos tantas veces cada mes, en las velaciones y los cementerios. Tantas vidas sacrificadas inútilmente por esos despiadados”, recuerda Olga Behar, periodista y escritora colombiana.

La ola de protestas por el asesinato de Javier Valdez se extiende hoy a once estados de la república mexicana con marchas, plantones y un cese de actividades por parte de periodistas en Ciudad de México, Nayarit, Sinaloa, Aguascalientes, Puebla, Jalisco, entre otros, para exigir justicia por el asesinato del autor de Miss NarcoLevantonesSiete desaparecidos y víctimas del narco, de editorial Aguilar; Malayerba, de editorial Jus, y Narcoperiodismo, libros de lectura obligada para el gremio periodístico latinoamericano.

El grito de auxilio llegó también a la comunidad internacional. Ciento ochenta y seis periodistas de medios extranjeros que trabajan en México firmaron una carta donde externan su conmoción por el asesinato de Valdez y exhortan al gobierno mexicano a tomar medidas extraordinarias para frenar la escalada de agresiones contra periodistas.

El repudio por el asesinato de Valdez, —cuya imagen de un sombrero ensangrentado encima del cuerpo tendido en el pavimento cubierto con una sábana celeste le ha dado la vuelta al mundo— obligó a que el presidente de México, Enrique Peña Nieto, se pronunciase contra las agresiones sistemáticas a la libertad de expresión que durante este gobierno registra 106 periodistas asesinados, de acuerdo con información de la organización Artículo 19, que promueve y defiende la libertad de expresión en México y Centroamérica.

“Tratar de aparentar ante la comunidad internacional que en este país sí se respeta la libertad de expresión y que hay un Estado preocupado y atendiendo los crímenes contra periodistas, cuando lo que ocurre es la evidencia de todo lo contrario”: así explica Gerardo Albarrán, periodista y defensor de audiencias en Radio Educación, el anuncio “tardío” del presidente.

Periodistas de radio, prensa, televisión y medios digitales están logrando lo que hasta el momento es un parteaguas en la historia de la prensa mexicana: reforzar la unión y solidaridad entre el gremio periodístico a través de una discusión colectiva que construya una agenda con objetivos a corto y mediano plazo para proteger a los periodistas, al periodismo y al derecho a la información en democracia.

La próxima semana arrancan en la Ciudad de México mesas de diálogo donde, por primera vez, periodistas, fotógrafos y representantes de distintos medios de comunicación conversarán sobre los desafíos que enfrenta el gremio periodístico y armarán una agenda para enfrentarlos. La convocatoria que encabeza el portal Horizontal busca que la pérdida de Javier pase de la conmoción a la acción.

Verdad bajo ataque

Antes de encontrar la muerte, Javier Valdez solía decir que en México no hay condiciones para hacer periodismo porque “las balas pasan demasiado cerca”. Cuarenta días antes habían asesinado en Chihuahua a su amiga Miroslava Breach, también corresponsal del diario La Jornada.

Breach, como Valdez, era una institución para los que ejercen el periodismo en el norte del país. Se había convertido en una de las periodistas más incisivas e incómodas en Chihuahua, por sus constantes investigaciones en materia de derechos humanos, comunidades indígenas y narcotráfico.

Breach recibió ocho balazos el pasado 23 de marzo mientras llevaba a su hijo a la escuela. “A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno”, tuiteó Valdez desde Culiacán al enterarse del asesinato de su colega.

Un día antes del homicidio de Valdez, cien hombres armados y encapuchados asaltaron y retuvieron a siete periodistas de medios locales, nacionales e internacionales. Después de permanecer incomunicados y secuestrados por varias horas, fueron liberados sin su equipo de trabajo y pertenencias personales.

Vania Pigeonutt lleva cinco meses fuera de Chilpancingo, Guerrero. Quiso hacer una pausa personal, profesional, cuando entendió que, sin querer, se había vuelto “una cuentamuertos”. Valora desde la Ciudad de México cómo ejercer el periodismo cuando “no tenemos ninguna garantía para hacerlo”.

El nivel de riesgo de Pigeonutt aumenta en la región de Tierra Caliente, donde Guerrero se acerca a Michoacán. “Muchas comunidades siembran amapola, la policía comunitaria suplanta las labores de la policía municipal, la disputa por la tierra es permanente”, cuenta casi a manera de susurro.

Cuando Pigeonutt sale a reportear en los municipios de Tierra Caliente, lo último que piensa es en avisarles a los editores del medio de comunicación donde publica sus historias, porque “les vale madres, ellos quieren la nota, la información, no les preocupa si llegaste bien o no… los cursos de seguridad personal los tomamos por nuestra cuenta”.

Alejandro es periodista de otra zona roja: Reynosa, Tamaulipas. Pide que le cambien el nombre, porque aunque el propio es tan común como el seudónimo, es uno de los pocos que todavía cubren temas de crimen organizado en la localidad “y eso puede costarme la vida”. No conoce a Vania Pigeonutt pero le ocurre igual, en materia de seguridad. No es en México sino en Estados Unidos donde recibe cursos de autocuidado.

“Mi única medida de seguridad es encomendarme a Dios antes de salir a trabajar y pedirle que me deje llegar a mi casa al terminar la jornada”, teclea Alejandro desde su celular en Reynosa, uno de los cincuenta municipios con más homicidios en México, según la Secretaría de Gobernación.

Vania Pigeonutt y Ale coinciden en que el principal villano de la libertad de expresión es el Gobierno en sus tres órdenes: municipal, local, federal. Así también lo documentan el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos) y Artículo 19, quienes año con año informan que las agresiones contra periodistas son en un 60 % ocasionadas por servidores públicos.

El 2017 se llevó a Javier de Río Doce, Miroslava de La Jornada, Máximo de Colectivo Pericú, Ricardo de El Sol de Córdoba, Pedro de Al Calor Político, Cecilio de La Voz de Tierra Caliente, y apenas es mayo. Con ellos, la impunidad como tiro de gracia en un país donde el 99 % de los asesinatos a periodistas no se resuelve.

Nota: Este reportaje fue publicado originalmente en el diario El Espectador de Bogotá, Colombia. http://www.elespectador.com/noticias/el-mundo/javier-valdez-el-guillermo-cano-mexicano-articulo-695984

Publicado el 28 agosto,2017 Por: Margarita Solano Abadía

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