Un trozo de paz en Jamundí

Publicado el 9 enero,2017 Por: Joanna Carvajal

(Primera parte)

Son las 7 de la mañana, hace algo de frío, pero el sol comienza a asomarse con celeridad en el sur de la ciudad de Cali, Colombia; las personas transitan por las calles retornando a un nuevo día de trabajo, algunas en sus autos, con un poco de prisa para no llegar tarde a sus labores matutinas. Entre los habitantes de este bello lugar se encuentra  María del Rosario Cortes, una caleña de 37 años que nos llevará en un viaje de historia, naturaleza y paz.

A las 7:30 de la mañana en compañía de su colega y amigo, David Heredia, Administrador Ambiental, nos encaminamos a recorrer en su pequeña camioneta un maravilloso paisaje que tendrá como destino un terreno de armonía y serenidad, La Reserva Bonanza.

María del Rosario, es Contadora Pública egresada de la Universidad del Valle, es una mujer joven, bella y con una sonrisa encantadora; lo que muchos no saben, es que detrás de toda la alegría que Rosario derrocha, hay un pasado violento, un pasado que la marcó como a millones de colombianos, un suceso doloroso que vivió a causa del conflicto armado en nuestro País.

Mientras nos encaminamos en nuestro viaje, Rosario nos empieza a contar como surgió este asombroso proyecto natural; Ella vivía en una finca agro ecológica con su padre y su madre. La casa era un patrimonio familiar de aproximadamente de 47 hectáreas con 6 mil metros cuadrados que hacia parte de la zona de amortiguación de los Farallones de Cali, a las afueras del municipio de Jamundí.

Rosario nos cuenta que en los años 80 y finales de los 90, Jamundí y sobre todo el área donde se encontraba ubicada la finca de su familia, donde ahora esta Bonanza, fue territorio de zona roja por el conflicto armado; Entre los enfrentamientos del ejército y la guerrilla, los campesinos y los habitantes del sector siempre estaban en medio de la guerra y el peligro, fueron víctimas de la violencia, convirtiéndose en víctimas de daños, robos e intimidación.

El padre de Rosario, un ingeniero agrónomo, al encontrarse envuelto en medio de tanta crueldad, repleto de créditos agrarios con el banco ganadero, y viendo cómo arrasaban, robaban y dañaban sus cultivos y su propiedad, cayó en una crisis que se desencadenó en un cáncer de páncreas causando su muerte a los 47 años de edad.

Tras su fallecimiento, la guerrilla amenazó a la familia de Rosario y los obligó a abandonar el predio en 1996. Su madre, viuda, al cuidado de tres hijos, no tuvo otra opción que retornar a la ciudad, en donde la familia de su esposo fallecido los acogió gratamente.  La guerrilla, el ejército y la delincuencia común se apoderaron de la propiedad: robaron, saquearon y tumbaron lo que más pudieron, dejando el lugar abandonado, en terribles condiciones y dejando que la naturaleza se apoderara de la zona.

Casi trece años después, en el 2009, la Comunidad del lugar buscó a Rosario y a su familia luego de que el conflicto armado terminara en la zona, para que hicieran presencia en la vereda debido a que estaban enfrentando el problema de la tala de árboles y la minería ilegal.

Rosario y su madre decidieron volver para observar qué pasaba y por qué estaban acabando con los bosques de la zona, al regresar, se volvió a enamorar de aquel lugar que la vio crecer, de la paz de su naturaleza, sus fastuosos bosques y sus cristalinas aguas, ya la finca de su padre no existía, pero la majestuosidad de la naturaleza conmovió a esta implacable mujer y decidió entonces comenzar la realización de un proyecto eco turístico, allí, en aquel sitio donde el conflicto armado alguna vez fue protagonista.

Conforme Rosario nos va contando su historia nos adentramos más y más en el bello municipio de Jamundí para llegar  al corregimiento de Puente Vélez, donde se encuentra la Reserva Natural Bonanza; allí, habita una comunidad abandonada por el Gobierno, una pequeña sociedad aislada que nunca participó en programas de capacitación o educación colectiva. La zona se encuentra a la deriva hasta el día de hoy. La Comunidad buscó alternativas económicas para su sustento y la que más funcionó fue la tala de árboles, Rosario, en compañía de sus colegas, intenta desde entonces mostrarles a los campesinos otras opciones para sacar provecho de toda la riqueza que posee su hábitat sin necesidad de ponerlo en peligro.

Por ejemplo, cuidar el medio ambiente, capacitando personas para que se conviertan en guías turísticos y guardabosques, de igual manera, Rosario, busca la creación de campos de agricultura orgánica, huertos caseros, y producir su propio alimento.

Su pasión y amor por este territorio hizo que el grupo de la Reserva Natural Bonanza hiciera parte de la junta de acción comunal de la vereda Puente Vélez. Ahí, invitaron a los habitantes a unirse como voluntarios para  aprovechar el medio ambiente, cuidarlo y unirse con el fin de armar un tejido social firme.

Son las 10 de la mañana, el sol brilla fuertemente, y nos encontramos maravillados por el hermoso paisaje que se divisa a las afueras de Cali. Desde este punto ya logramos ver Pico de Loro, sitio frecuentado por los  caminantes y deportistas los fines de semana, según Rosario, para llegar a la Reserva, nos faltan 17 kilómetros, aproximadamente 45 minutos, nos señala su pequeño paraíso entre dos montañas, al fondo, donde renace un rayito de sol. Mientras continuamos el camino, que cada vez se hace más y más rocoso, David, su compañero, nos habla  de las veredas; Cuando conoció a María del Rosario se enamoró por completo del proyecto y  ahora están construyendo juntos proyectos de educación ambiental, documentos de turismo rural y post conflicto  a través de la Gobernación del Valle.

La primera vereda que encontramos en el camino es La Estrella, una de las  principales de la zona, hay fuentes hídricas muy ricas y se encuentran los famosos toboganes naturales, sector de turismo de río y naturaleza; Para Rosario y David, una de las actividades que extrañamos los caleños a causa de la contaminación en los ríos en Cali es poder salir en familia o con amigos a disfrutar del río, el típico paseo de olla, lo que no vemos, es que hay un lugar cerca, a una hora y media de nuestra ciudad donde podemos deleitarnos de la maravilla de naturaleza que nos ofrece nuestra región.

Continuamos nuestro camino y pasamos la vereda San Vicente y Alto Vélez, donde el ejército construyó una escuela, pero en la época de violencia fue usada tanto como centro de operaciones tanto por militares como por guerrilleros. La escuela quedó inservible, así que los niños y jóvenes se ven obligados a recorrer una distancia aproximada de 10 kilómetros, ya sea caminando o en bicicleta, hasta la vereda San Vicente donde se encuentra la escuela principal; allí se les inculca principalmente la conciencia ambiental y la agricultura limpia.

A las 11:30 de la mañana llegamos al corregimiento de Puente Vélez, tuvimos que pasar casi 17 kilómetros de carretera no pavimentada lo cual es inaceptable, pues según María del Rosario y David, en el Plan Básico de Ordenamiento Territorial de Jamundí (PBOT) de 2004, se dice que las vías de la carretera están pavimentadas. Según Rosario y David las administraciones del lugar invierten el dinero en otras necesidades y la comunidad no es lo suficientemente unida y fuerte para poner manos en el asunto.

Al bajarnos del auto sentimos la inmensa fuerza de los rayos del sol, llevamos nuestras mochilas con agua y comida, y emprendemos una minuciosa caminata por el lugar, la vista es bellísima y se observan las riquezas naturales que el sitio ofrece a sus visitantes.

Nuestra primera parada es en la casa de Doña Lucia, una campesina que vive con su esposo hace más de 20 años en Puente Vélez. Su casa es humilde pero hermosa, son personas amables y tranquilas que a pesar de haber vivido épocas violentas en el pasado, dejaron todo eso atrás para comenzar a vivir el presente y poner miras hacia el futuro. Allí María y David los saludan, conversan con ellos, y se nota que son ya reconocidos dentro de la comunidad como personajes de construcción social.

Siguiendo el camino bajo el sol, llegamos a la casa de Doña Nora, una mujer de 54 años. Esta vez podemos observar que su casa es mucho más humilde que las del resto de pobladores: el techo está caído y el piso no tiene baldosa.  Llegó hace 4 años a este lugar y empezó viviendo en una carpa, la cual poco a poco, con sus propias manos y con algo de ayuda, la transformó en el hogar que tiene ahora.  Allí tiene su huerta de café y plátano, sus animales y el ingenioso sistema de acueducto que realizo ella misma para su casa.

Doña Nora es una mujer fuerte, le ha tocado pasar muchos obstáculos a lo largo de su vida, pero adora su hogar y dice que no lo vendería así le tocara seguir comiendo plátanos con café todos los días. Nos despedimos de ella sintiendo una gran admiración por todo lo que ha hecho por ella misma.

Así continuamos, Rosario, David y yo, la larga pero increíble caminata hacia la Reserva Natural Bonanza, divisando paisajes extraordinarios, apreciando una cantidad inimaginable de aves y plantas silvestres, respirando aire fresco y bebiendo el agua más pura y deliciosa que he tenido la oportunidad de saborear.

Llegamos así a Bonanza, un paraíso que surgió de las cenizas de la violencia armada en Colombia; allí nos sentamos y me contaron las distintas actividades que se pueden realizar en este mágico paraíso: camping, caminatas, reuniones, retiros, momentos de conexión con la pachamama. En aquel lugar descansamos y comimos juntos. Luego, nos dirigimos hacia la cascada donde el agua es completamente cristalina y fresca.

La comunidad de Puente Vélez es sin duda una colectividad abandonada, es un pequeño lugar del cual el resto del mundo se olvidó, pero que tiene ganas y ahora más que nunca fuerzas y deseos de salir adelante.

La Reserva Natural Bonanza se encuentra con orgullo en el comité organizador del Encuentro Nacional de Caminantes 2018, el cual contará con la sede en el municipio de Jamundí, buscando promocionar el turismo de medio ambiente contando con la participación de más de 1500 caminantes.

Rosario y David están con el Sí a la Paz, una palabra que para estos dos apasionados de la naturaleza y su comunidad,  comienza a partir de nosotros mismos.  Aun antes del inicio de las conversaciones en La Habana, Rosario y David ya estaban aportando de manera voluntaria a construir un país mejor, porque para ellos, la violencia y la guerra no generan nada: solo más guerra y más violencia. Generan atraso para las comunidades, para el país, para la región. Su mensaje es que hay que darle la oportunidad a algo diferente, a algo nuevo, algo distinto. Colombia es un país que proviene de muchos años de guerra y es momento de darle un nuevo comienzo. La paz inicia desde nuestro interior, desde nuestra conciencia, debemos contribuir al mejoramiento de  nuestro país, apostándole al trabajo comunitario y al desarrollo social.

De regreso, al despedirme de ese hermoso lugar y de las bellas y humildes personas que lo habitan, surgió en mi un sentimiento de amor y admiración, pues es uno de los proyectos de construcción de paz más increíbles que he tenido la oportunidad de presenciar. Como decía el sabio periodista y mediador de paz Jaime Garzón “ El problema de los colombianos es que no tenemos una conciencia colectiva, tenemos una posición cómoda e individual ante la vida”.

Es nuestro deber empezar a convertirnos en gestores sociales, pensar y a actuar en comunidad y por la comunidad, dejar a un lado el individualismo, ser conscientes de los problemas que enfrentan nuestros compatriotas día a día. Los invito para que tengan la maravillosa oportunidad de visitar la Reserva Natural Bonanza, de deleitarse con la increíble historia de Rosario y David, y de que sin duda se enamoren de esta bella comunidad y del paraíso de paz que tienen a su alrededor.

Publicado el 9 enero,2017 Por: Joanna Carvajal

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