Miradas sin anestesia

Publicado el 22 febrero,2017 Por: Gerardo Juárez Vázquez

Cuando Alberto viajó a Cuba,  le sorprendió que una frase estuviese pintada en muchas paredes: Patria o muerte. Preguntó a los cubanos si no les sorprendían esas palabras, todos  dijeron que eso siempre había sido así. Decir “El siempre ha sido así es lo que no nos deja ver más allá… es lo que anestesia la mirada”, dice Salcedo Ramos en el taller Echar el Cuento, en el que el periodista colombiano reflexiona sobre los elementos de una historia y sobre cómo contarla de la mejor manera.

Pero su reflexión, como su narrativa, va tejiéndose a través de una cadena de relatos. Para hacer notar que la vida, como dice, “está llena de historias y sólo falta tiempo para contarlas”. Salcedo recuerda al boxeador Emile Griffith, que en una pelea de campeonato mundial de boxeo propinó una paliza a Benny Paret y murió por los golpes. Ese mismo día, en el pesaje, Paret había dicho que un maricón no iba a ganarle.

“Muchos años después –dice Salcedo–, Griffith admitió que era homosexual. Habló también de que cuando mató a un hombre todos lo celebraron y lo acompañaron, pero cuando dijo que amaba a otro hombre la multitud se alejó. Esas son las historias que ha de contar la crónica”.

En “Viaje al Macondo real”, Salcedo Ramos retrata el pueblo natal del Nobel Gabriel García Márquez entrelazando las voces de los habitantes. Avanzada la crónica, esos ecos se confunden con la voz del narrador, que en ese momento pasa a ser uno más en el habla del lugar.

Para el periodista colombiano, las voces son la base de su trabajo.

Ahora está trabajando un texto sobre los huracanes y la música en Santiago de Cuba. “Yo soy caribeño“, sonríe. “Y en el Caribe no hay tragedia que pasado el tiempo no pueda bailarse”. Salcedo cruza la pierna en una silla negra.  Habla de periodismo narrativo, de tejer historiar, a los participantes del Taller de Crónica “Echar el Cuento” que organiza Lo Político, la Universidad Iberoamericana, el Programa Prensa y Democracia (PRENDE) y las publicaciones Perro Letrado y Perro Crónico. 

Revela un tesoro, el archivo con sus notas: más de cincuenta páginas de impresiones, citas, descripciones. Medio centenar de páginas que se convertirá en una crónica.

Ese material en bruto se completa con una serie de grabaciones de Santiago de Cuba. En ellas, Salcedo se graba hablando sobre las ideas que se le van ocurriendo para la historia. Durante el proceso del armado del texto, en todo momento regresa a estas anotaciones.

Pocas cosas demandan tanto la atención del periodista colombiano como la cultura oral. De camino al taller oye lo que se dice en la ciudad para calmar su obsesión por las “malas” palabras (la frase que más llama su atención: Vámonos porque sólo están diciendo puras mamadas, se agarra el estómago carcajada tras carcajada). Presta atención a los dichos populares mexicanos que son un gusto permanente (O la bebes o la derramas). Para él,  las frases populares hablan del pasado y el presente de un país.

De acuerdo con Salcedo, también los temas que toca el periodismo cumplen esta función. “Los temas dicen mucho del país al que uno pertenece; cuando tu ves anuarios de la prensa Argentina vas a encontrar un montón de historias de los desaparecidos de la dictadura por que fue un tema que marcó al país; cuando ves a Colombia, lees sobre guerrilla, para militarismo y narcotráfico; en, Brasil te encuentras con las guerras urbanas en Río o  las mafias que allá son diferentes. Hay unos temas que acaparan la atención de la prensa  en demérito de los otros. Esos temas sueles hacerle mucho daño al país y al periodismo porque la prensa empieza cubrirlos con espectacularidad… como se cubre la farándula“.

La crónica está hecha de personajes, pero a los personajes, dice Salcedo, no se les hace preguntas. “El arte de frecuentar”, decía Gay Talese. Se trata, según el cronista barranquillero, no sólo de hacer una o dos preguntas, sino de mirar a fondo cómo se desarrolla esa persona en su contexto. De esta manera, la crónica puede alcanzar una mayor profundidad que la del periodismo tradicional.

“La subjetividad es una herramienta que sirve para que uno vea la dimensión del dato. Hay cosas que no se entienden cuando únicamente se muestran como cifra. ¿Cómo explicamos la guerra a punta de datos? No podemos. Los datos son maravillosos y necesarios, pero sólo los datos no dan la dimensión humana de los problemas del hombre”. Llegar a ese punto, sin embargo, no es fácil. En muchas ocasiones, Salcedo se ha preguntado por qué le cuentan lo que le cuentan. Ha llegado a la conclusión de que la empatía debe construirse.

Por lo regular, el autor de Botellas de Náufrago invita a sus entrevistados a comer. Ha aprendido que las revelaciones más grandes ocurren frente a un plato de comida. Quizá, dice, el diván de Freud estaba lleno de jamón. Quien presta su voz también presta su tiempo.

Si un reportero habla con un comerciante, en esas horas de entrevista no atenderá su puesto.  “Hay que ser agradecido con los entrevistados. Si no se le puede dar lo que habría ganado en esas horas, al menos se le puede llevar una bolsa de frutas, algo del mandado. Si prometes mandarle la revista en la que aparecerá el reportaje, mándasela. Porque el periodista, como el criminal, siempre regresa al lugar del crimen. Y vas a a regresar y lo más probable es que te encuentres con esa persona a la que no le mandaste la revista”.

De haber una relación cercana con los personajes, Alberto Salcedo cree que una crónica puede aspirar a convertirse en un espejo del lector. Quien se encuentre con ese trabajo, podrá mirar también algo de sí mismo. Por eso se habla de universalidad en los temas.

De acuerdo con el autor de El oro y la oscuridad, también los talleres son un espejo.

En una ocasión, Alma Guillermoprieto le dijo a Salcedos Ramos que en espacios  académicos como el que está hoy, son  propicios para hacerse preguntas sobre sí mismo.  Él también lo cree. Un taller, piensa, es exitoso si provoca en los participantes un periodo de crisis, si los talleristas, después de esa experiencia pedagógica, están dispuestos a correr riesgos a la hora de llevara a cabo sus trabajos.

“Cuando le pedían un consejo para escribir, Balzac respondía que su consejo era el culo en la silla”, cuenta Salcedo. Para él, uno de los puntos más importantes consiste en encontrar un tema que motive al reportero a salir, a trabajar, a escribir. “El asiento más cómodo de la casa da sueño. El menos cómodo da ganas de seguir trabajando”.

Salcedo piensa que se debe seguir lo que Kapuscinski llamaba la doble agenda: cumplir con las tareas del medio en el que se labora pero sin dejar de proponer y crear proyectos de una intención más profunda, más duradera. Pregunta a los alumnos cómo plantear historias. Se responde con un relato, en este caso la “Carta a mi madre“ de Fernando Savater. No puede leer el último párrafo, pide que alguien lo auxilie. Salcedo, que hace unos años escribió sobre la reacción de su madre cuando se enteró que tenía cáncer de páncreas, prefiere hacer una pausa.

“Ahora llego estremecido a esta residencia y te veo muda –dice el final de la carta–, liberada de todos los cuidados que te abrumaron, pero esclavizada del todo, indescifrable. Y siento un último instinto de predador, un afán de rapiña desesperada: sentarme a tu lado, cogerte las manos frías y reclamarte injustamente al oído “mamá, ¿y lo mío, lo mío, lo mío?”.

“Cada historia tiene un modo de plantearse” concluye Salcedo. “Y la única manera de entrar en ellas es siendo sincero”.

Publicado el 22 febrero,2017 Por: Gerardo Juárez Vázquez

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