“Con dolor darás a luz”

Publicado el 13 noviembre,2016 Por: Gerardo Juárez Vázquez

Para muchas mujeres en México, el parto se ha convertido en una marca. La falta de humanidad en el trato hospitalario ha asociado el nacimiento con la humillación y el desapego. ¿Cómo se ha llegado a ese punto?

Después de haber dado a luz a las once y media de la mañana, a Lilián Rebolledo la trasladaron a un cuarto con tres camas vacías en el Hospital de la Mujer en el municipio morelense de Cuautla, a cien kilómetros de la Ciudad de México. Le entregaron a su hija envuelta en una toalla picada de cloro. La bebé, Victoria, seguía embarrada del líquido amniótico y de la sangre del parto, así como de los residuos de su primera evacuación. No la bañaron hasta la mañana siguiente.

Lilián tenía dieciséis años cuando sintió los primeros dolores del trabajo de parto en aquel junio de 2013. Cerca de las ocho de la noche en el Hospital de la Mujer le dijeron que todavía no estaba lista y la mandaron a caminar unos minutos en el patio. Una hora después la ingresaron.

A partir de ese momento, el cuerpo de Lilián se transformó en símbolo, papel, pizarrón universitario…

“¡No grites, que no te estoy haciendo nada malo!”, le dijo el doctor que le palpaba el vientre. No le pido a Lilián que me describa el tormento que la obligaba a gritar. ¿Con qué compararías los dolores de parto? parece una pregunta al menos ingenua. Hay algo perverso en el intento de establecer una aritmética del dolor.

“Y diles a tus amiguitas lo que se siente”, continuó el doctor, “para que vean si quieren salir embarazadas”.

A continuación trasladaron a Lilián a la sala de tococirugía y una de las enfermeras le advirtió que no gritara, pues asustaría a las demás mujeres. Ahí le administraron el suero y le ordenaron recostarse del lado izquierdo pero, como dice Lilián, “con dolor la cabeza no piensa”, y su cuerpo buscó otra posición, esta vez sentada, por lo que el suero regresó a la bolsa y la enfermera volvió a regañarla: “Que yo no estoy para destapar el suero”.

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Tres años después, la sala de tococirugía le sigue evocando a Lilián la imagen de un criadero: cinco mujeres en labor de parto, nerviosas, henchidas de dolor y solas. Vestidas con una bata, casi desnudas. Entre ellas y la cama un pañal para adultos. Sin cortinas y sin reloj. Un lugar frío como el resto del hospital, un lugar más adecuado para morir que para empezar una vida.

Con diez centímetros de dilatación, Lilián fue llevada a la sala de parto. Ahí, sin pedirle su consentimiento, la doctora le explicó al pasante cómo recibir al bebé mientras la atendía. Le pedían que pujara al mismo tiempo que usaban su cuerpo como pizarrón de clases. “Ven bebés todos los días”, dice Lilián, “y a lo que nosotras nos parece maravilloso ellos lo ven como algo tan vacío”.

Vas a sentir un piquetito, le avisaron mientras pujaba. Ese piquetito era producto de una episiotomía, la incisión de la comisura posterior de la vulva al ano, provocada por la doctora con el fin de facilitar la salida del bebé.

¿Qué es eso?, se preguntan en una caricatura de la página española El Parto es Nuestro. La ablación de occidente, responde una mujer cargando un cartel contra las episiotomías indiscriminadas. De acuerdo con Magsden Warner, exdirector del departamento Materno-Infantil de la Organización Mundial de la Salud, la episiotomía sistemática constituye una forma de mutilación genital femenina. Puede conducir a desgarros de tercer y cuarto grado en la región perineal, lo que da lugar a la incontinencia y al dolor durante las relaciones sexuales. 

A las once y media nació Victoria. En la sala de parto, ni la doctora ni las enfermeras dijeron nada; se llevaron a la bebé a otro cuarto mientras Lilián, exhausta y adolorida, intentaba levantarse.

Cuando regresó la doctora, sin explicación alguna, le puso a Victoria entre las piernas, a una distancia que en esos momentos parecía insalvable. Un poco después trasladaron a Lilián al cuarto con las tres camas vacías. Su madre pasó la noche con ellas, y al día siguiente, por la tarde, se marcharon.

Un mapa inscrito en el cuerpo

“Yo nunca, nunca ―nunca― vuelvo a pararme en uno de esos hospitales otra vez”, dice Lilián. “Es un lugar frío, espantoso”. Al Hospital de la Mujer llegó con dolor en el vientre, con la carga de dar a luz a su edad (“Claro, tiene dieciséis años”), pero también con el peso histórico de habitar un cuerpo que desde hace varios siglos se ha transformado en un territorio político controlado por el Estado.

“La violencia obstétrica existe a partir de la institucionalización de los partos, cuando se adoptó la costumbre de que los partos ocurrieran en centros de salud en lugar de en casas”, explica el informe “Violencia obstétrica. Un enfoque de Derechos Humanos”, llevado a cabo por GIRE, el organismo más reconocido en México en materia de derechos reproductivos.   

El camino de la casa al hospital se ha quedado marcado en el cuerpo. No se puede negar que menos mujeres mueren en el parto, y eso en gran medida se debe al cuidado médico. Pero este cambio también ha traído consigo la industrialización del nacimiento. Y, aún más importante, ha sido impulsado por una idea que subyace en esas salas de tococirugía a las que Lilián se imagina como un criadero: a la hora de dar a luz, la mujer es vista como sospechosa.

Al menos en Occidente, la criminalización del aborto y la hospitalización del parto van tomadas de la mano. En El Calibán y la bruja, Silvia Federici relata cómo la crisis de población en la Europa del siglo XVI dio como resultado la adopción de nuevas formas de vigilancia para asegurar que las mujeres no terminaran sus embarazos. Se necesitaban muchas manos sobre las cuales construir el mundo moderno. La vida pasó a ser una cuestión de Estado.

De acuerdo con Federici, durante el siglo XVI y XVII las mujeres fueron ejecutadas por infanticidio más que por cualquier otro crimen, excepto brujería ―a quienes también se les acusaba de infanticidio y otras violaciones a las normas reproductivas―. Sospechosas, entonces, de matar a sus hijos. Sospechosas, las parteras, de ayudarlas a terminar con esas vidas, de manera que la entrada del doctor masculino a la sala de partos proviene de esta desconfianza.

   

“Con la marginación de la partera ―escribe Federici― comenzó un proceso por el cual las mujeres perdieron el control que habían ejercido sobre la procreación, reducidas a un papel pasivo en el parto, mientras que los médicos hombres comenzaron a ser considerados los verdaderos dadores de vida”. La casa y el hospital (y lo que estos espacios significan) fueron separados por un océano de acusaciones y de dudas, por un proyecto político cargado de violencia en el que ―y esto no debe de ser ninguna coincidencia― el bebé paso a ser considerado, en el mejor de los casos, un producto sano.

De ahí el alto número de cesáreas en México (el 46 % del total de partos, según el Centro Nacional de Equidad de Género y Salud Reproductiva de la Secretaría de Salud, en contraste con el 15 % recomendado por la OMS), que abarata costos y ahorra tiempo. De ahí las episiotomías indiscriminadas, que llegan a marcar a las mujeres de por vida sólo porque se carece de la paciencia para esperar la distensión natural del periné.

Aquel junio de hace tres años, Lilián deseaba que alguien le acariciara la cabeza. La oxitocina, que sirve para acelerar las construcciones y que le administraron con una aguja unos minutos antes de dar a luz, es producida naturalmente por el cuerpo cuando éste recibe muestras de amor. Besos sanadores.

Nadie le regaló una caricia. En su lugar sintió un piquetito, un tajo preparado durante siglos que le recordaba que ese parto no le pertenecía.   

Si has de cruzar un océano

“Una de las chicas con las que hablé me dijo que cuando ella pidió que le dieran la mano ―me dice Mercedes Campiglia, doula certificada y educadora perinatal―,  los doctores envolvieron un campo estéril y le dijeron Agárrate de aquí”. Como Lilián, aquella chica fue tratada como un engrane más en la cadena de producción. Lejos de sus seres queridos, se le negó la posibilidad de participar en su propio trabajo de parto.

Mercedes colabora con Parto Libre y con Experiencia, dos asociaciones dedicadas a ofrecer preparación para el parto y crianza temprana. Actualmente, cursa el doctorado en Antropología en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, donde trabaja en un proyecto consistente en aplicar un programa piloto de humanización del nacimiento en algunas instituciones de salud.

Humanización, sin embargo, no se opone a animalización: para Mercedes, humanizar el nacimiento supone eliminar la industrialización expresada en el alto número de cesáreas, en las episiotomías como práctica recurrente, en la administración rutinaria de oxitocina para acelerar las contracciones. Se trata de emprender el camino de regreso: de la frialdad a la calidez, de incluir el hogar en el hospital.

Para lograrlo se necesita devolver a la mujer el control de su cuerpo. Lilián parió en soledad, lejos de sus seres queridos, encerrada en un procedimiento que la obligaba a acostarse cuando su vientre le pedía otras posiciones: “Se desconoce el saber de la mujer. No le dan oportunidad ni de moverse, ni de alimentarse, ni de usar sus propios recursos para el manejo del dolor”, dice Mercedes.

La labor de las doulas consiste en establecer un lazo con la mujer en trabajo de parto. Si bien poseen conocimientos médicos, no aspiran a sustituir a un doctor. Oficio milenario, las doulas, de acuerdo con Mercedes, subrayan el carácter humano del otro, miran a esa mujer a los ojos, la toman de las manos y la invitan a apropiarse de su cuerpo. La OMS recomienda, en la medida de lo posible, su presencia en todos los nacimientos.

El sistema de salud en México no puede permitirse una doula en cada sala de parto. “No es una cuestión de recursos, sino de actitud”, dice Elizabeth Valencia, doctora entrevistada por Mercedes. Para atender un nacimiento, la doctora Elizabeth lleva en su bolso un par de esencias de aromaterapia y algunos frascos de homeopatía. Ha aprendido a hacer episiotomías y a dejar de hacerlas. Ha aprendido a redescubrir en el parto un acto de amor.    

La solución a la violencia obstétrica no radica en considerarla como delito. “El personal médico”, escribió Mercedes en “Violentar el nacimiento”, “es a la vez víctima y victimario”. Presos de un sistema parecido al militar, rígidamente organizado en líneas de mando y expuestos en todo momento a la aplicación de castigos, los doctores son un engrane más en la cadena de producción. ¿Cómo pedirles paciencia cuando han trabajado sin parar durante días y no han comido en todo el turno laboral? “No podemos aspirar a humanizar el nacimiento ―afirma Mercedes― sin humanizar la figura del médico”.

El parto humanizado busca liberar a personal médico y parturientas de la lógica de la producción en la que un bebé se convierte en un producto, un sistema que deja cicatrices en mujeres como Lilián y las despoja de su cuerpo. “Si has de cruzar el océano por primera vez, quizá quieras llevar contigo un marinero experimentado”, dice el sitio web de Experiencia para hablar del acompañamiento de parto.

A dos años de haber cruzado su océano, Lilián recuerda ese viaje con amargura. La herida aún no ha sanado. La primera vez que vio a su hija la tenía en las piernas, lejos de su pecho, a una distancia enorme del primer abrazo. 

―Lilián me dijo que antes de volver a un hospital como en el que estuvo, ella preferiría nunca volver a tener un hijo.

―Dile, si la ves, que un segundo nacimiento da la posibilidad de sanar ―responde Mercedes―. Siempre los segundos partos dan la posibilidad de sanar las historias terribles de los primeros. Afortunadamente, así es la naturaleza humana: nunca llegamos a un lugar sin retorno. Siempre hay posibilidad de regresar.


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“Con dolor darás a luz” por Gerardo Juarez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivar 4.0 Internacional.

Publicado el 13 noviembre,2016 Por: Gerardo Juárez Vázquez

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