Una niña en las FARC

Publicado el 23 mayo,2016 Por: Laura Daniela Guasco

La noche antes de que llegara a la finca una cuadrilla de las FARC, Yinna Paola Moreno pasó la noche en un gallinero junto a su tía y su abuela. Uno de los caballos más finos se había enfermado y el abuelo había sacado a las mujeres para dar espacio al animal que necesitaba aliviarse.

Al día siguiente, Yinna de once años y su tía de doce, solicitaron a una cuadrilla de las FARC que pasaba por su pueblo ingresar al grupo guerrillero, pero no las aceptaron: podrían unirse cuando cumplieran quince años.

Yinna se había criado en un lugar donde la presencia de grupos armados forma parte del paisaje. Su madre tenía quince años cuando se embarazó de ella; por el miedo a que la descubrieran, usó hasta los siete meses una ruana grande para ocultar la barriga. Cuando Yinna nació, quedó al cuidado de sus abuelos, quienes eran poseedores de tres fincas en el Departamento de Tolima.

En una de las fincas vivía su madre.

A los ocho años, Yinna sintió la necesidad de verla, de sentir su afecto, y decidió visitarla.

—Vaya, traiga un baldado de agua en el tanque —le ordenó su madre en una ocasión.

Ella lo llevó hasta la casa y, como no alcanzaba la mesa, lo dejó en el suelo. Cuando su madre vio las marcas de los zapatos en el piso de la casa, se enfureció: cogió un cuchillo y se lo enterró por la espalda a su hija, a un centímetro de la columna vertebral. En el hospital le pusieron varios puntos y, al cabo de unos días, se recuperó, después de lo cual regresó a la finca de sus abuelos.

Dos semanas después del primer contacto con las FARC, Yinna y su tía se encontraban rayando flor de amapola cuando pasaron otros guerrilleros. Esta vez, las niñas dijeron que tenían quince años y las FARC se las llevó.

“Así el cuerpo fuera de nueve años, les decíamos que teníamos quince y nos dejaron ingresar”, recuerda Yinna.

De manera que a los once años, Yinna se había unido a la guerrilla.  De acuerdo con la normatividad vigente en Colombia y con base en la jurisprudencia de la Corte Constitucional, todos los niños y adolescentes desvinculados de los grupos armados al margen de la ley son considerados víctimas del conflicto armado interno. No hay manera de verificar el grado de voluntad en aquella niña de once años.

Unos días después de haberse unido a las FARC, Yinna y el grupo volvieron a la finca. Ahí los recibió su abuela, quien la miró de arriba abajo y le dijo:

—Ojalá a usted la maten y nunca vuelva —después la abuela pidió hablar con el comandante y le dijo que buscaba a su hija, la tía de Yinna.

—Si ella quiere —le dijo el comandante —se la puede llevar.

A pesar de los llantos, de las súplicas y las promesas de la abuela, la niña de doce años se negó a volver: prefirió quedarse en el grupo armado, en busca de otra vida.

En el frente guerrillero, Yinna recibió uniforme y un arma. La vida, para ella, tenía sentido: formaba parte de un grupo, su voz era tomada en cuenta. El uniforme y el arma la hacían sentirse poderosa, le permitían pensar en el futuro. Nadie volvería a maltratarla.

“A usted lo contratan en una empresa bajo ciertos parámetros, le dicen qué hacer y responder con aquellas tareas. Si usted no lo hace, pues lo echan. En cambio, en las FARC es más estricto: si usted no cumple, hay consejo de guerra”. Yinna veía a las FARC como a una empresa en la que si fallabas, los líderes del frente, en el consejo de guerra, decidían sobre tu vida.

Yinna se percató rápidamente de cómo se conformaba el grupo. En el escalafón más bajo se encontraban los chontos, los encargados de cavar un hueco para los deshechos de los demás integrantes. La segunda función era el cónomo, quien administraba la comida, elegía el desayuno y el almuerzo. El centinela estaba a cargo de que nadie se escapara; el guardia cuidaba el campamento.

Yinna y sus compañeros se levantaban a las cuatro de la mañana para hacer el chiriqueo, la llamada para despertar al resto del grupo. El ranchero se levantaba a las dos de la mañana, encendía el fuego y ponía la olla (una olla llena de tizne para que el brillo no los delatara). Por lo regular desayunaban cancharina, acompañada de chocolate o caldo con arepas grandes. En las aulas del campo recibían una charla de política, de cómo se vivía la guerra en otros países. Cuando se acercaba la noche, a eso de las ocho, cada uno se dirigía a su cambuche. En la entrada del campamento se encontraban un guardia y un centinela, quien se encargaba de visitar a los guardias y verificar que nadie se escapara.

El domingo descansaban. Cada semana, los fumadores recibían dos cajetillas de cigarros; los demás obtenían dulces o chocolatinas. A las mujeres cada seis meses se les daba una dotación de ropa interior, jabón, champú y artículos personales.

Los viernes eran los días estipulados para tener relaciones sexuales.

“En el campo la gente es muy verraca, se mide constantemente: porque eres niño, porque eres mujer o porque tienes el periodo menstrual no puedes hacer nada. Eso allá no pasa; allá todo es una igualdad. Teníamos que comportarnos como unas personas adultas, teníamos que responder”, dice Yinna, quien muy pronto se olvidó de los juegos y se acostumbró a la rutina militar.

Los hombres podían tener mujeres civiles, mientras que a las mujeres se les tenía prohibido; en caso que las encontraran incumpliendo esa regla, eran obligadas a recoger leña o a cavar los hoyos para los deshechos. Cuando una pareja quería asociarse (en la guerrilla, lo más parecido a casarse), se debía obtener el permiso del comandante: él tenía, en todo momento, la última palabra.

Yinna se enteró de la muerte de su tía a través de los medios.

Sentía rencor, rabia contra el ejército y el Estado. Un mes antes de cumplir quince años, la policía la capturó. En el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), se comunicaron con su abuela para iniciar el proceso de traslado a Bogotá. Yinna rechazó esta idea: su plan consistía volver a casa y vincularse de nuevo con la guerrilla. Al final, fue enviada con un madre tutora, con quien duró apenas ocho días. La policía la reubicó en otra casa; ahí le dieron los papeles de defunción de su tía. El acta de bautizo se quedó perdida en algún lugar del monte.

Al cumplir los dieciocho años, Yinna salió del ICBF en Bogotá. Todavía seguía con planes de incorporarse a la guerrilla, pero una semana después de haber salido del Instituto se desmayó. Después de hacerse los exámenes, supo que estaba embarazada.

Ella, que no sabía ser madre porque nunca tuvo una. Ella cambiaría por su bebé, lo cuidaría.

Posteriormente, Yinna se unió al Taller de Vida, una organización complementaria del ICBF que ayuda en los procesos de desvinculación. Según Alexandra Gutiérrez, psicóloga social de Taller de Vida, la idea era que siempre hubiese un taller de auto reconocimiento, observar e inculcar lo que han tenido los niños y jóvenes para retomar la vida, no solamente a nivel interno sino de acuerdo con lo que han vivido.

“Es duro sacarle la guerra a un niño, pero no imposible”, dice Yinna, sonriendo, con su uniforme de enfermera, el cabello recogido, la piel morena.

En el Taller de Vida se interesó por el teatro, a través del cual ha encontrado una manera de contar su historia. Ahí participó seis años. En uno de los proyectos, el Bambú, Yinna aparentaba ser una rama inmóvil, por la que el tiempo no pasa, pero que en un instante crece.

Hoy esa rama vive en Bogotá con su hijo.


Fotografía: Dancing for Peace in Buenaventura por  European Commission DG ECHO Cc Licensed (CC BY NC ND 2.0)

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Publicado el 23 mayo,2016 Por: Laura Daniela Guasco

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