Santiago Rebolledo: el artista de la chatarra

Publicado el 26 noviembre,2015 Por: admin

Texto y fotos Margarita Solano

El mes pasado Rosa le dio la nueva buena a Santiago: había encontrado arrumbadas un par de puertas de lámina en una esquina cerca del metro Tacubaya en el Distrito Federal.

Caminaron de regreso y allí estaban junto a un par de bolsas de basura negras y más escombros; sus rastros de humedad, pálidas, despintadas, filosas, apiladas… todo eso hacía de ellas las puertas perfectas. 

—Las trajimos a la casa y aquí están —Santiago ha logrado lo impensable.

Después de varias semanas y quince horas de trabajo en promedio, una de las puertas luce como recién salida de bañar: limpia, renovada, con un marco negro, cubierta por aquella bolsa plástica de bolitas deliciosas de reventar. La puerta que antes era chatarra, hoy vale miles de dólares y podría estar expuesta en cualquier sala de un afamado museo.

El turno ahora es para el comal.

Se trata de una estufa tradicional de lámina con la que las abuelas mexicanas calientan tortillas, quesadillas y en donde Rosa, compañera de Santiago, pone asar arepas colombianas mientras transcurre la entrevista: pronto este utensilio de cocina estará en otra de las obras de Santiago: una caja de madera dividida en dos, un par de rectángulos negros, un marco mediado también oscuro y un comal roído por los años que en otro contexto, pediría a gritos dejar de servir.

En el estudio de Santiago Rebolledo, colombiano, pintor, muralista, dibujante, compañero de Rosa, papá de dos hijos, hermano, hijo, mexicano, hay otra caja ya terminada.

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No tiene nombre, va pintada de negro y blanco, de mediana estatura y en ella hay un metro, otro objeto de colección que pudiera ser de un abuelo que se resiste a soltar sus tesoros más preciados. Rebolledo lo ha enrollado como quien ata una agujeta del zapato para insertarlo en una ‘caja’, como él le llama a estos cuadros hechos de madera y objetos viejos que por sus textura y color, pueden ser valuados entre mil 500 y cinco mil dólares.

– ¿Cómo es la relación entre la obra de Santiago y la política?

—Me parece absurdo una persona que no tenga conciencia política y si es artista peor porque el arte es la manifestación de lo que uno ve de la realidad. No voy con el arte panfletario de pintar puños, de pintar armas, pero todas mis cajas que son hechas con material de desecho, en ellas yo estoy mostrando la realidad donde vivimos, estoy mostrando con esto las calles, los muros, las ventanas, la miseria, son retratos de nosotros, las cajas son mi manera de representar una realidad que veo que no es bonita, ni de cristales, pero esto es solo una parte de mi obra si únicamente pintara esa realidad ¡me volvería loco¡

Esa otra obra que menciona Santiago, hace parte de su imaginario, se refiere a la ficción, a los sueños que quiere reflejar en su arte.

Además de las cajas hechas con objetos reciclados que muestran esa realidad oscura, sombría, de miseria y colores tierra, Rebolledo es amante del cuerpo y sus expresiones corporales. Colorea sobre lienzo o madera, torsos desnudos sin cabeza, retratos de mujeres con pómulos amplios, narices aguileñas, labios carnosos.

—Jamás vas a ver que pinte una mujer blanca de ojos verdes o un cuerpo totalmente esbelto con senos redondos porque el cuerpo y la mujer son bellos así como son.

Se acerca Rosa con un comal con cinco arepas colombianas que acompañan la entrevista en el estudio de un artista que ha dejado su bastón al costado de la silla. —Yo por ejemplo estoy cojo, tengo la nariz rota, no oigo por un oído, tengo gafas, no digo más pecados, pero bueno así soy—

¿Cómo es vivir con un artista? La pregunta hace salir a Santiago de su estudio. Toma el bastón, camina lento —yo las dejo— la puerta permanece abierta y ahí va Rosa, con timidez, a sentarse en la banca.

—Santiago es una persona muy creativa, de una cosa horrible, sucia, tirada, la pasa a una cosa que es agradable de ver, de sentir, no para evitarlas sino para quererla ver, eso es lo que hace Santiago.

El cuerpo esbelto de Rebolledo se ha perdido por la puerta del estudio diseñado por él mismo en la azotea de su vivienda. Con él un bastón que lo ayuda a sostener una pierna que reposa sobre una prótesis. Jamás utiliza tonos vivos en su obra,

no hay lugar para el amarillo, azul, verde limón,

pero se ha puesto una camisa roja a cuadros y un pantalón azul eléctrico.

Cuando Rebolledo regresa a la entrevista la siguiente duda lo hace doblar de risa. Se inclina en la mesa llena de pinceles, tarros, tarritos, tarrotes, está doblado de risa. ¿Se vive bien de la pintura?

Rosa abre los ojos, mueve la cabeza de derecha a izquierda sin tener que abrir la boca para responder, con su gesto todo está dicho —es que ella dice que soy malo para cobrar, por eso yo se lo dejo a ella, yo realmente soy malo para vender— se excusa Santiago, Rosa se anima hablar.

—Lo que pasa es que aveces hasta me hace quedar mal, yo digo un precio y al final termina dándolo en la mitad— le suelta un guiño de cejas a Santiago.

La obra del colombiano ha llegado a toda la geografía mexicana. Un Rebolledo puede venderse entre tres mil y doce mil dólares según el tamaño, el material, el tiempo dedicado. Las cajas de la realidad y las caras de la ficción, también han dejado huella en Colombia, Costa Rica, Nicaragua, Honduras.

—Aveces con una sola buena venta podemos vivir bien por varios meses— cuenta Santiago.  Rosa comparte también su visión. —Pero también hay meses que no se vende ninguna.

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***

El primer florero

Mi padre fue pintor, Gonzalo Rebolledo Arboleda, y yo de chiquito me iba con él, agarraba el jeep, nos íbamos al sur, a la sabana de Bogotá y mi papá llevaba su caballete, su caja de pintura y su aguardientico.

Cuando él veía un paisaje bonito paraba el carro, yo le ayudaba a bajar las cajas de pintura, el caballete y se ponía a pintar. Mi papá fue impresionista, se sabía toda la vida de los impresionistas de la época y hasta en su vida personal era como parecido a ellos, tanto que mi abuela le decía —tu debiste haber nacido el siglo pasado— y a mí me gustaba verlo pintar.

— ¿Eres hijo único?

— No no, tengo una hermana mayor, Elsa y un hermano menor, Juan Manuel y mi hermana Elsa ella estudió telares con Olga de Amaral, artista colombiana. Mi hermano menor, Juan Manuel, él se dedica más al potrero, al ganado, él es orgullosamente campesino.

A mí me gustaba dibujar en los cuadernos, ya ves que uno en el colegio cuando llevaba el cuaderno el primer día comenzaba todo bonito, todo limpio y al tercer día ya estaba todo garabateado, hacía caricaturas de los profesores y un día le dije a mi papá que yo quería ser pintor y dijo —aguas hijito porque te va dar dolores de cabeza— pero él ni me incitó a ser pintor ni a no serlo, él siempre me dejo hacer lo que yo quisiera y bueno finalmente me gustaba leer mucho, pintar.

Mi mamá y su familia estaban metidas más en la política y del lado de mi papá todos eran campesinos pero mi papá fue mi primer maestro sin serlo, el primer florero que hice con espátula lo hice con papá, cuando terminé el colegio me fui a estudiar con David Manzur, pintor colombiano con estudios en la Universidad de las Artes de Nueva York, del 72 al 74 estuve en talleres de dibujo con él, después estudié en la Tadeo Lozano de Bogotá.

En el 74 un amigo que trabajaba en un banco me dice  —se está haciendo un banco en el Castillo y queremos hacer un mural no se si usted se apunte hacerlo —yo tenía 24 años, jamás había hecho un mural pero les dije que sí, firmé y todo y luego del compromiso dije mierda, ¿ahora qué hago? fui con papá y después con David y le dije David tengo un problema, firmé para hacer un mural y no tengo ni idea ¿qué hago? y David me salvó porque me dio una técnica que se llama fresco al seco que se prepara la pared con oleo y trementina de pino y así fue como hice mi primer mural en El Castillo de Bogotá y con lo me pagaron le dije a mi mamá:

“me voy a México”.

***

900 dólares, cuatro décadas

El 15 de septiembre de 1975 Santiago tocó suelo mexicano. Antes había tomado un vuelo de Bogotá a Panamá y de Panamá hasta México hizo un recorrido que le tomó más de dos semanas en camión y de Costa Rica al Distrito Federal, se montó en un vocho con sus primeros dos amigos mexicanos y ahí se ahorró unos pesos.

Antes de salir de casa, el hermano menor intentó ponerle un freno a la aventura de Santiago. La carcajada llega primero, la anécdota después —yo salí de Colombia con 900 dólares en el bolsillo. Mi hermano hizo sumas y restas, después de un rato me dijo que solo sobreviviría tres meses en México, han pasado cuarenta—

De su primera noche en el Distrito Federal que hoy es su morada, tiene el recuerdo intacto de la música, los fuegos artificiales zarpando de Palacio Nacional, la opulencia de Bellas Artes, la majestuosidad de Catedral. Era día de fiesta, se conmemoraba el grito de independencia y Santiago estaba allí, diciéndose así mismo “de aquí soy”.

Los primeros años en la inmensidad del Distrito Federal, lo llevaron a presentar un portafolio con dibujos, fotografías del mural en Bogotá, caricaturas de sus maestros, los primeros trazos en la Academia de San Carlos. Las clases iniciaban en agosto y era septiembre, le dijeron que dejara su maletín lleno de hojas sueltas y regresara ocho días más tarde para decirle finalmente, que había sido aceptado.

—Mi hermano que hacía tan buenos cálculos, me había dicho que mi presupuesto era de diez dólares por día, por eso según sus cuentas debía regresar fracasado en noventa días, así que para ganarme unos pesos hacíamos rifas en el museo de una obra de un amigo, luego otra mía, vendíamos los boletos a  todos los maestros, a nuestras novias, amigas y cada mes tenía dinero extra para sostenerme, después vendía un caricatura por ahí a un periódico o un dibujo a un amigo que quería quedar bien con una novia.

La mirada de Rebolledo está  perdida en el recuerdo.

Años más tarde llegaría un proyecto que le cambiaría la suerte.

Auspiciado por la Secretaría de Educación, Santiago comenzó a dar talleres en escuelas rurales en todo México. Conoció los estados más pobres del país, incluido Guerrero y la Normal de Ayotzinapa Isidro Burgos donde desaparecieron 43 estudiantes hace un año.

A los jóvenes de la rural les enseñó a pintar, otros a crear su propio taller de edición para que cuando terminaran sus trabajos de grado, allí mismo pudieran encuadernarlo. Cuatro años más tarde, Rebolledo se consagraría como uno de los artistas colombianos más representativos en México.

Una carrera en ascenso, dos hijos y Rosa, su polo a tierra.

La mujer que camina con él y se ha vuelto indispensable para su vida, el trabajo mismo.

—Ella es quien me avisa si hay material de desecho que puedo utilizar para mis cajas, me ayuda a vender, me acompaña a las exposiciones— cuenta Rebolledo mientras ella permanece en la cocina. No alcanzó a planchar el pantalón eléctrico de Santiago, cocinó arepas, tomó fotos.

Las manos de Rebolledo tiemblan mientras habla aunque su pulso a la hora de dar el brochazo le hace justicia, no más no menos. 

El bigote gris, el cabello lacio que una vez fue melena, los dedos largos.

Saca un tarro de aceite preparado con ingredientes naturales, lo mezcla con óleo negro y le pone más cejas a una cara. ¿Ya está terminada? —Ese es el problema, que en este trabajo uno sabe cuando empieza pero lo difícil es ponerle fin. A veces uno quiere ponerle más y más y más y lo que termina es tirándosela.

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Publicado el 26 noviembre,2015 Por: admin

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