Mirar a Palmira: de cerca, de lejos.

Publicado el 1 agosto,2016 Por: Margarita Solano Abadía

Catorce años llevo mirando a Palmira a lo lejos y más de treinta haciéndolo de cerca. Porque cuando uno se va de casa siempre mira por la rendija del exterior lo que ocurre en el lugar donde quedó anclado el arraigo.

La ciudad que yo dejé en el 2003 no tenía ningún cine a dónde ir. La única forma de ir a ver una película, era agarrar un bus para ir a Cali. Mamá suelta una carcajada cada vez que bajando del avión, le pregunto con ironía por cuántos cines nuevos tenemos porque cuando partí, extinto habían quedado el teatro Materón y Palmira.

En la Palmira que dejé, los andenes del centro son tan angostos que para ir en pareja, uno tiene que ir arriba y el otro abajo. Y las ventanas que ocupan medio andén, saludan a los niños de cuatro años con tremendo golpe en la cabeza.

Y los dueños de los parques más concurridos como La Factoría y El Obrero, no eran precisamente las familias ni los novios, tampoco los infantes. Sí un hedor a orines reciclados de hombres que perdieron la razón, la mugre los consume y sus amigos se la fuman verde.

La Palmira que dejé y amé a lo lejos, violencia pudo haber sido su apellido. Los dueños de lo ajeno se llevan una bolsa de empanadas y siguen su trayecto en bicicleta, los celulares se esconden en brasieres, escotes, medias. Las tapas que resguardan el medidor del agua desaparecen y los ladrones pelan los cables de la energía para revender el cobre al mejor postor.

Por muchos años enmudecí, cuando otros amigos del exterior pregonaban los males de mi ciudad natal y prometían no volver. Yo no supe cómo contrarrestar sus adjetivos deleznables.

Pero mi percepción de esa Palmira cambió la semana pasada cuando aterricé de nuevo en el Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón. Un piso blanco, brillante y nuevo en la terminal aérea, me dio la esperanza de que me esperaban esas buenas nuevas que por tantos años esperé.

La Palmira de hoy es muy diferente a la que dejé. El Parque Bolivar y la iglesia La Catedral, han quedado enmarcadas por un asfalto limpio, señalizado y esquivo al transporte. La calle 30 desde la iglesia La Trinidad, se ha convertido en una vía peatonal al estilo de las ciudades civilizadas de Europa como Madrid, Francia y Londres.

El Parque Obrero donde muchos presenciamos masacres de jóvenes que se disputaban la venta de drogas, ha expulsado el hedor a marihuana reestructurando su imagen. Hoy luce iluminado, con árboles frescos. Lo mismo ocurre con La Factoría, El Parque Bolivar, el Parque del Amor y el Bosque Municipal anteriormente sin agua, animales, abandonado.

Palmira da un paso hacia adelante en recuperación de espacios públicos.

Corregimientos como El Bolo, que nunca tuvieron agua, hoy cuentan con el recurso. Se construye una cantidad importante de barrios nuevos, casas y apartamentos en conjuntos cerrados con piscinas y áreas verdes a la par de nuevos proyectos de centros comerciales.

El granito negro en el arroz sigue siendo la delincuencia. Palmira es una de las ciudades más violentas de Colombia. Los celulares siguen escondidos en la ropa interior y después de las nueve de la noche, la soledad de las calles asusta al más osado.

Pero muchas cosas buenas están pasando en esta Palmira señorial y hoy tengo un buen pretexto para hablarles a los que como yo, se fueron de ella. Porque como diría Gabo, recordar es fácil para quien tiene memoria y olvidar es difícil para quien tiene corazón. Y para recordar mis años de adolescencia, hoy voy al cine con mi mejor amiga sin tomar  un bus a Cali.

Publicado el 1 agosto,2016 Por: Margarita Solano Abadía

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