La campeona del cuadrilátero

Publicado el 25 mayo,2016 Por: Gerardo Juárez Vázquez

La primera vez que se subió a un cuadrilátero, la actual campeona mundial de peso completo recibió un derechazo a la nariz y un recto al estómago que le cortó la respiración y la dejó tendida en la lona, doblada sobre el vientre. El entrenador agitó las manos y terminó la sesión. En la otra esquina, el hombre de los guantes bajó los brazos y se dispuso a salir entre la segunda y la tercera cuerda.

“No”, dijo Alejandra Jiménez, la cara enrojecida, la sensación de regresar a casa después de un viaje sin fin. “Vamos a continuar”.

Más de dos años después, durante la pelea por el título mundial en marzo pasado, Martha Salazar, la entonces campeona, le dio un codazo en el ojo izquierdo durante uno de los cruces. Cuando regresó a su esquina, Alejandra tenía una bola del tamaño de un pulgar encima del pómulo; por primera vez le habían marcado la cara. Alberto Segura, su entrenador, le pasaba la plancha mientras le decía: “¡Ya te cerraron el ojo! ¡Cuídate!”.

La marca debajo del ojo ha desaparecido. En las fotos de la entrega del cinturón, dos semanas después de la pelea, apenas se nota una mancha difusa. “No se lo dije a Alberto, pero cuando regresé a mi esquina yo iba pensando: ¡Al fin, al fin tengo la marca de que me dieron un golpe, la prueba de que estuve en una pelea!”.

“Yo ya no quería pelear, se hacía de noche y el paisaje todo pelón, la tierra… Y encima esa lona horrible sobre el burdo suelo”, ha dicho Laura Serrano. “Tétricamente improvisado. Me cuesta trabajo recordar porque todo lo cubre un manto oscuro que borra lo que pasó aquel día”.Alejandra manoplas

Perdida en un pueblo en medio de ninguna parte, peleando en un baldío sin butacas, encerrada en un cuadrilátero hecho con una sola cuerda, Laura Serrano hacía una excursión más al territorio perdido del boxeo femenil de principios de la década de los noventa. Las peleas fueron clandestinas en el Distrito Federal hasta 1999, cuando Serrano, abogada de profesión, logró que se revocara aquella ley de 1947 que prohibía a las mujeres la práctica del boxeo profesional por poner en peligro “sus órganos reproductores”.

No había pesaje ni exámenes médicos. Como nadie fabricaba protectores de pecho, las peleadoras se llenaban el sostén con esponjas. Una caricatura: los asistentes acudían a este tipo de peleas para ver lo que a sus ojos parecían dos seres incompletos liándose a golpes, dos seres cuyos cuerpos no habían sido concebidos para esa actividad.

Sobre estos hechos ―sobre la mirada altiva de quien considera los esfuerzos del otro un intento, en esencia, inútil― se construye cierto tipo de humor, y los asistentes encontraban en el estruendo de los impactos y en las cabelleras sacudidas un motivo de risa.

Después de dos décadas, la situación ha cambiado. El boxeo femenil se ha abierto paso hasta las transmisiones en televisión abierta. Los gimnasios han incorporado baños y vestidores para mujeres. Nadie pelea con esponjas metidas en el sostén. A Laura Serrano, estos frutos le pasaron de largo: plantó las semillas y se vio obligada a marcharse cuando el árbol había crecido.

Alejandra Jiménez conoció a Laura Serrano en una de las convenciones del Consejo Mundial de Boxeo. Se encontraba en una mesa con Jackie Nava y Ana María Torres, quienes por entonces negociaban su tercera pelea, para la que pedían un millón de dólares.

“Un millón está bien. Ustedes ahora son las que van a poner las condiciones”, les decía Serrano, quien ganó la mayor bolsa de su carrera (13 000 dólares) en una pelea de campeonato mundial en Alemania.

Quizá la importancia de ambas Nava-Torres radica en su capacidad para implicar; es decir, en haberse adjudicado el poder sobre los cuerpos de los espectadores. Un derechazo suyo, un movimiento de cintura nuestro. Esta aptitud parecía exclusiva de los grandes hombres, de los Hagler-Hearns, de los Márquez- Vázquez. Si bien resulta simple en sus principios ―todos, podríamos decir, nos implicamos en un combate cuya conclusión palpita detrás de cada golpe―, este logro constituye, por los supuestos de los que se acompaña, uno de los momentos más importantes de la historia del boxeo femenil.

Las dos peleas entre Jackie Nava y Ana María Torres, llevadas a cabo en un espacio de tres meses en 2011 y saldadas con un empate y un triunfo para Torres, encarnaron a un nivel altísimo dos de los estilos que mejor se mezclan: la pegadora y paralizante Ana María contra la veloz esteta Jackie. El trueno y el relámpago. Con pegada, ambas, y con un agudo sentido de los ángulos que les permitió colocar un golpe tras otro, Torres y Nava ofrecieron dos peleas violentas, de continuos intercambios, de ritmo trepidante y de calidad a raudales: dos peleas, en última instancia, bellas.

Nada de esto habría sido posible si se hubieran enfrentado hace veinte años en alguno de los pueblos a los que Serrano le cuesta trabajo recordar. Los golpes que en 2011 nos emocionaron, en los noventa habrían sido motivo de burla. La mirada era distinta. Gracias a la sangre y a los esfuerzos de peleadoras como Serrano, cuando Nava y Torres subieron al cuadrilátero tuvieron una posibilidad: la de eliminar su calidad de invitadas a un juego de hombres; la de confirmarse como una atracción para el público, para los anunciantes y para el dinero; la de basar esa atracción en la posibilidad, siempre latente, de lastimar a la rival con el siguiente golpe. Y la aprovecharon.

En 2011, Alejandra Jiménez vio ambas Nava-Torres al borde del asiento. Todavía recuerda las peleas apretando la boca, alzando las manos al cielo y agitando la cabeza. “Fueron lo máximo”, dice. En ese momento, ningún mexicano había alcanzado un campeonato mundial de peso completo. En ese momento, la Tigre pesaba 140 kilos, le dolían las rodillas después de unas horas de estar de pie y esperaba a sus amigos en los alrededores de los centros comerciales, fuera de los establecimientos de ropa, comiendo.

Alejandra tiene 28 años, mide 1.80 y para la pelea de título mundial marcó cien kilos. Los brazos y el abdomen exhiben la solidez de una atleta profesional, pero es en las pantorrillas donde los músculos sobresalen como troncos de árboles. Pese a tener lastimada una rodilla (fruto de aquellos años de sobrepeso), se mueve con ligereza arriba del ensogado. No conserva ni siquiera los hábitos de su antiguo cuerpo: “¿Has visto cómo se sientan los gorditos? Siempre apoyan su peso en una pierna, así, mira, para que si la banca se vence al menos puedan evitar la caída”.

Ailime, su hija, tiene ocho años y juega en el gimnasio durante los entrenamientos. Cuando se embarazó de ella, pocos lo notaron: con 140 kilos su cuerpo apenas cambió. Con los años, el sobrepeso le dificultó la carrera de chef (no soportaba mucho tiempo de pie). No fue hasta que un día intentó amarrarse las agujetas y la barriga no se lo permitió cuando se dio cuenta de la magnitud del problema.

En los primeros meses de entrenamiento, después de haber visto las peleas de Jackie nava y Ana María Torres, la Tigre bajó sesenta kilos. “La primera vez que entré a un almacén y me probé unos pantalones que me quedaban, me puse a llorar. Imagínate: pude verme por fin, pude encontrarme en medio de toda esa masa”. El boxeo había introducido orden en su vida: en los entrenamientos, en la comida, en las rutinas diarias.

A su madre, Magdalena, no le atraía la idea de encontrar a su hija con los labios inflamados y la cara enrojecida. Tenía además otro miedo: que no te peguen en la nariz. Y una mañana, en el gimnasio, uno de los compañeros de Alejandra le asestó un derechazo a la cara. Con un rápido movimiento, su entrenador volvió a colocar la nariz en su lugar, pero cuando la Tigre volvió a casa el moretón se había extendido desde el labio hasta los pómulos.

“Esto es serio”, le dijo a su madre unos días después. “Algunos días voy a regresar con el ojo morado, con el labio roto, con la mancha de sangre seca, pero voy a seguir”. Por entonces, Alejandra debía dejar a Ailime en la escuela, trabajar por la mañana como jefa de cocina y entrenar por la tarde. Para liberar los sábados, a veces se quedaba en el restaurante desde la mañana del viernes hasta la madrugada del día siguiente, y unas horas más tarde acudía al gimnasio. En la noche, cuando veía a su hija, no le quedaban fuerzas.

“Bueno”, le dijo su madre. “Si te lo estás tomando en serio, entonces tienes un año. Consigue una beca o algo”. Alejandra renunció a su trabajo y siguió con su carrera amateur. No mucho después debutó de manera profesional; a la sexta pelea consiguió el título mundial en peso completo. Nadie en este país había ganado ese cinturón. Si Alejandra hubiera nacido veinte años antes, quizás habría intercambiado golpes en un páramo en mitad de la nada, sobre una lona polvorienta; la posibilidad de entrar a la Historia, para ella y para las demás, se acababa en el momento en el que se calzaban unos guantes.

Su carrera amateur constó de diez combates, cinco contra mujeres y cinco contra hombres. Por el peso, era difícil encontrar chicas con quienes entrenar, así que se veía obligada a visitar otros gimnasios de la ciudad para encontrar oponentes. En uno de ellos, el entrenador de unos de los hombres dijo entre dientes, intentando que Alejandra no lo oyera: “Claro, boxeadora. O boxeador. Quién sabe que traigas allá abajo”.

En ese entonces ya era la Tigre, el apodo que ella misma se puso y que la ha acompañado toda su carrera. ¿Por qué no la Tigresa?, suelen preguntarle. Cuando ves a un tigre, piensa Alejandra, no te concentras en si es hembra o macho: te concentras en su fiereza, en el peligro que lo acompaña, en la belleza destructiva de sus movimientos.

La Tigresa: un sobrenombre con más densidad sexual que combativa. La Tigre: un apodo que encierra una amenaza constante.

“¿Por qué dices eso?”, lo retó Alejandra. “¿Es porque tienes miedo de que sea mejor que cualquiera de los tuyos, que tú? Venga: súbeme al que quieras. Vamos”.

Cuando bajó del cuadrilátero, las mujeres del gimnasio no podían esconder la sonrisa. La Tigre Jiménez había noqueado al pupilo de aquel entrenador.

En el descanso entre el segundo y el tercer episodio de la pelea por el título del mundo, Alejandra se esforzó por no soltar una carcajada. Había sentido la presencia de las cámaras a un lado del cuadrilátero, muy cerca de la esquina, mientras Alberto, su entrenador, le decía: “Levanta las manos, Alejandra. Por favor”. El mismo por favor que le había dicho un año antes, en su primera pelea juntos, cuando una de las boxeadoras de Alberto acababa de ser noqueada.

Alejandra no había reído mucho durante las semanas previas. Su rutina consistía en levantarse a las seis de la mañana, meditar veinte minutos, sacar a pasear a sus perros, volver a tiempo para servir el desayuno de Ailime, llevarla a la escuela. De ahí se trasladaba al gimnasio en un trayecto que debido a las obras del segundo piso le tomaba dos horas. Después de dos sesiones de entrenamiento, al medio día y después de comer, volvía a casa por la noche para revisar la tarea de su hija, platicar con ella y preparar todo para el día siguiente.

“Yo soy una deportista de alto rendimiento, y mi rutina debería ser entrenar, comer y dormir. Eso me lo decía el nutriólogo, ¿pero entonces cuándo veo a mi hija, cuándo le ayudo con las tareas, cuándo la veo crecer?”, dice Alejandra, que durante el primer mes de entrenamientos debió lidiar con su tiroides. Se sentía cansada todo el tiempo, con mucho sueño. Cuando ese problema desapareció, cuando la batalla contra su cuerpo había terminado, faltaban tres semanas para la pelea por el título.

Y entonces murieron sus abuelos, en Veracruz, y ella decidió no viajar al entierro. Y mientras golpeaba con tristeza el costal día tras día, mientras pensaba en su abuelo viendo la televisión y moviéndose al compás de los golpes, su promotor le avisó de cuánto sería su pago. Un dinero que alcanzaría para pagar el primer segundo del último retador al título mundial de peso completo, el británico Tyson Fury. La Tigre tendría que pelear por el cinturón más de dos mil veces para alcanzar el salario de un boxeador varón en sus mismas circunstancias (invicto, joven, con casi tantos nocauts como peleas). A razón de un combate cada cuatro meses, tendría 750 años al momento de obtener esa cifra.

En el descanso entre el cuarto y el quinto episodio, una distancia a la que Alejandra nunca había llegado, Alberto le dijo que no podría noquear a la campeona. “Está muy fuerte”.

Antes de empezar su entrenamiento, Alejandra se sienta al borde del cuadrilátero a enrollar sus vendas. Se tarda unos diez minutos. Cuando ha terminado, Alberto se acerca y le pone el vendaje. En la casa de la campeona del mundo, mientras tanto, el cinturón descansa sobre un tripié en la sala. No pesa más de tres kilos y tiene las fotos de la Tigre, de José Sulaimán y de Laila Alí.

“Cuando tenga el cinturón”, se dijo en las últimas semanas de entrenamiento. Después de todo, ¿acaso James Braddock, el protagonista de Cinderella Man, no enfrentó dificultades aún mayores, sin un centavo durante la Gran Depresión, obligado a trabajar en los muelles de New Jersey para alimentar a sus hijos? ¿Y no ganó el título del mundo después de que nadie lo considerara digno de cargar ese cinturón?

El nuevo campeón del mundo: Alejandra se imaginaba ese momento desde que vio Cinderella Man, a pocas semanas de la pelea. Y el momento llegó, en Cancún, el 18 de marzo. Primero el sacrificio, pensó: la brega en los muelles de New Jersey; después, como sucedió con Braddock, las condiciones las pondría quien guardara el título en la sala de su casa.

Alejandra confía en que con el cinturón lleguen mayores bolsas, y quizá suceda así. También cree que la diferencia en el pago entre hombres y mujeres debería reducirse. En ningún otro deporte la brecha salarial estás más acentuada. En el futbol, por ejemplo, Cristiano Ronaldo gana cuarenta veces más que la futbolista mejor pagada, la estadounidense Alex Morgan. En el golf, el hombre mejor pagado gana diez veces más que la mujer con más ingresos.

Mira cuánto dinero producen ellos y cuánto dinero producen ellas, podría rebatir el abogado de la masculinidad. ¿La pelea de Tyson Fury generó una cantidad más de dos mil veces mayor que la de Alejandra? Sin contratos, sin los números desglosados de las televisoras y de los promotores, será difícil saberlo. Pero es posible, si deseamos analizar las razones de esta brecha, trasladar el centro de la discusión a nuestra mirada.

Y las preguntas, por tanto, son las siguientes: ¿Qué sensación nos produce un hombre de más de cien kilos subiéndose a un cuadrilátero y poniendo ambos puños frente a su rostro? ¿Y una mujer de ese mismo peso, una mujer robusta y a todas luces potente llevando a cabo esos mismos actos? ¿Son parecidas esas sensaciones?

De acuerdo con John Berger, la presencia de un hombre depende de la promesa de poder que éste encarne; es decir, qué puede hacer por ti, qué puede hacerte. Aun a más de trece años de la última pelea con significado histórico en la división (Lewis-Klitscko), a los boxeadores de peso completo se les sigue pagando, y mucho, por la promesa de poder emanada de sus cuerpos. Se suben al cuadrilátero con una pistola de la que a menudo terminan usando únicamente la culata.

¿Se tiene la misma sensación con una peleadora como Alejandra, la sensación de un final a punto de ocurrir? Viéndola entrenar, oyéndola golpear las manoplas y mirando a su entrenador sacudir las manos para recuperarse de los envíos, la emoción se hace tangible. Los chicos ríen cuando Alberto bromea con ellos diciéndoles que harán guantes con la Tigre. Ríen no porque se trate de una mujer (como quizá lo habrían hecho hace veinte años), sino porque esa boxeadora es capaz de noquearlos en el momento en que lo desee.

Tal vez dentro de una o dos décadas la campeona mundial de peso completo no deberá pelear hasta los 750 años para alcanzar un sueldo parecido al de un hombre en sus mismas circunstancias. Quizá para entonces una mujer grande arriba de un cuadrilátero despedirá una sensación de peligro parecida a la de sus compañeros de profesión. El boxeo femenil, en efecto, genera menos ganancias, pero esa disparidad no tiene sus bases en el aire. Las mujeres atraen menos espectadores porque en el boxeo la mirada todavía se coloca del lado del hombre.

La mirada, sin embargo, cambia a base de golpes. En la década de los noventa, Laura Serrano se enfrentó a un medio que la observaba con sorna y repulsión; hace un lustro, las Nava-Torres entraron a escena todavía sin haberse sacudido la etiqueta de invitadas. Las tres ganaron la pelea por el futuro. Alejandra todavía no hace la primera defensa de su cinturón y ya cuenta con otra oportunidad: la de provocar, en el público, la misma risa con la que sus compañeros de gimnasio sacuden la cabeza, se acomodan los guantes y regresan a una de las orillas de la sala a seguir golpeando el costal.

―Mamá, ahora que eres la campeona del mundo ¿qué pan vas a querer? —le pregunta Ailime en voz alta a la entrada de la panadería.

La campeona del mundo se embarazó de Ailime a los veintiún años, producto de una inseminación artificial. “Creo que fue una buena decisión: calculé cómo íbamos a crecer una junto a la otra, y me pareció que tendría una buena edad para cuidarla, para enseñarle, para tener energías y jugar con ella”.

En las semanas previas a la pelea por el título, mientras Alejandra resentía la muerte de sus abuelos y se entristecía por el anuncio del pago, su hija se le acercó, la tomó del hombro y le dijo: “No te preocupes, mamá. Todo va a estar bien”. No había cumplido ocho años.

Desde que el título llegó a casa, Ailime no ha perdido la oportunidad de hacerlo notar en la calle, en la escuela, en la panadería. A Alejandra le sorprende la madurez de su hija. Aún con el cinturón descansando en la sala, la Tigre no deja de hacerse las mismas preguntas: ¿Qué significa ser madre? ¿Cuánto tiempo dejo de dedicarle a ella para dedicárselo a mis sueños?

Ailime será la primera niña que crezca con una campeona mundial de peso completo. Tal vez a ella las historias de Laura Serrano y los sostenes llenos de esponja le parecerán inconcebibles. Su madre será feliz si con este título ella aprende que las hazañas se logran con amor. Que las grandes peleas se ganan por el futuro.


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Publicado el 25 mayo,2016 Por: Gerardo Juárez Vázquez

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