El Vaca, muerte de un vagabundo

Publicado el 22 junio,2016 Por: Camila Ayala Espinosa

El olor a orín y de cuerpos macizos de mierda inundaba la banqueta. El sonido tan especial del silencio de manera abrupta fue irrumpido por un rayo vocal.

Las bajas temperaturas provocaban en la calle Manuel Ignacio Altamirano en la Ciudad de México, un clima desolador. Ni siquiera el escritor inglés Charles Dickens o el francés Victor Hugo se hubieran ocupado de pintar la imagen de los dos bultos humanos que en esa madruga se encontraban resistiendo el clima brutal y un hambre voraz, tan constante como desesperanzada. Además, uno de ellos pedía auxilio con gritos tan estridentes que se volvían inaudibles.

Calle Manuel Altamirano, colonia San Rafael.
Calle Manuel Altamirano, colonia San Rafael de La Ciudad de México.

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—Vaca, ya te dije que me espantas la clientela, ven cuando acabe la venta.¡Órale güey, ya te dije que no seas necio, güey! —dijo Carlos Torres, alias El Charlie, tamalero por pasión y vocación.

La colonia San Rafael ubicada en la delegación Cuauhtemóc, es el reflejo de la organización utópica mexicana. En su centro hay casonas porfiristas que se encuentran en un estado óptimo, cuidadas. Son propiedad de una especie de amos oligarcas de edad avanzada. La avenida Sullivan no sólo funge como guarida nocturna del famoso grupo mayúsculo de mujeres y hombres que practican el oficio más antiguo de la historia; en ella también se encuentran edificios de lujo construidos por arquitectos dogmáticos como Luis Barragán, Mario Pani y Mathias Goeritz. Departamentos habitados por una incipiente comunidad que quiere ser bohemia y termina siendo conformada por hijos de empresarios.

Sin embargo, la San Rafa, como la califican sus habitantes, por el lado de Ribera de San Cosme, justo frente a la colonia Santa María la Ribera, da un vuelco paradigmático. Hay un tianguis en cuyas entrañas se llevan actividades no diferentes a las del barrio de Tepito. Hay piratería, comida insalubre, venta de mercancía robada y droga.

Es en ese espacio, a una distancia corta del metro San Cosme y en la esquina entre las calles de Altamirano y García Icazbalceta, afuera del restaurante Cochinita Power y a unos pasos de una panadería, desde hace más de ocho años hay un puestecito desmontable atendido por El Charlie.

El Charlie atendiendo su clientela
El Charlie atendiendo su clientela.

Aldous Huxley, en un capítulo de su novela Un mundo feliz, narra cómo los habitantes de ese microuniverso esperan formados y de manera ansiosa una droga cuyo nombre es Soma. De manera semejante, en dualidad, los habitantes de esa parte de la capital mexicana conforman cada mañana una larga fila esperando sus tamales calientitos, picositos. Ansían su narcótico mantecoso.

Los tamales de El Charlie son famosos, limpios y sabrosos, sin embargo su excelso servicio no se encuentra exento de visitas. Una noche de enero del 2016 un hombre corpulento, que emanaba el olor de toda una vida de desaseo, se acercó. A su lado iba un poodle toy que alguna vez fue pardo. El hombre extendió su brazo lleno de dibujos de mugre de distintos tonos con su mano que, en la intersección de sus uñas y carne, traía una plasta de color negro y café.

Los ojos del individuo denotaban el dolor de un hambre insoportable. Quería comer y de una manera estratégica se colocó al lado de la gran olla que albergaba los manjares hechos de masa. Inmuto, no reaccionó ante la gente que le veía mal, que lo insultaba entre dientes. Esa era su forma de hacer presión para obtener su alimento.

En respuesta, El Charlie le aventó un tamal al invasor, mientras le dijo:

—“¡Llégale Vaca! ¡Ya te dije que te vayas!”

***

Varios ojos fisgones observan la escena. El cadáver del Vaca se encuentra bajo la cortina metálica del local con el número siete, que antes era un café y ahora funge como techo para algunos de los catalogados indeseados de la Ribera de San Cosme. La otrora tez morena del hombre hoy está pálida; su rostro muestra descontento y su cabello y barba, además del cochambre, no ocultan grandes moretones. Un sweater raído y unos cartones como protección contra la fría Ciudad de México.

En la misma escena de la calle de un día de enero, a unos pasos del cuerpo, está el compañero del Vaca, conocido como El Crudo pues ese es su estado natural.

—Mal muy mal, mi carnalito se nos fue. Estaba pidiendo ayuda y nadien (sic) lo ayudó, ya me quede solito—declaraba a cinco oficiales de la Secretaria de Seguridad Pública.

Policías de la Unidad de Protección Ciudadana Revolución Alameda acordonan el lugar y tapan el cadáver. Esperan que una unidad del Servicio Médico Forense se lo lleve. Pero, casi en coordinación, llega un grupo de periodistas provenientes de distintos medios. Está Reforma, La Prensa, ¡Pásala!, El Gráfico y Radio Red 88.1.

Entonces la calle Altamirano se transforma en el lugar que Jorge Luis Borges advirtió y pidió que no visitaramos: el salvaje oeste. Los representantes del cuarto poder ahora son vaqueros que, en lugar de montar audazmente sus corceles, se transportan en aparatosas motocicletas, esgrimiendo en vez de revólveres, sus cámaras digitales.

Alrededor de la toma de fotografías y declaraciones hay varios vecinos de Altamirano. Un personaje del departamento 1 del edificio 8, dice que era muy amigo del fallecido. Incluso se quiebra. Dos mujeres de edad madura y que se encuentran en pijama, sin importar que sean las ocho de la mañana, están desconsoladas. Murmullos de tristeza, de llanto, inundan el lugar.

—La calle va a ser muy triste sin nuestro amigo —alguien deja caer.

Las preguntas vienen y van, los flashes abundan y los hombres buscadores de la nota miran y remiran. Se enteran que al muerto le decían El Vaca. En un principio los puesteros del tianguis de San Cosme le habían apodado El Toro por su color moreno y su gran tamaño tanto por alto como por grueso. Sin embargo, sus compañeros andariegos, los habitantes del asfalto citadino, le hacían burla por su manera delicada a la hora de hablar y comer. Por eso lo rebautizaron con el término femenino del rumiante.

Con la partida de los periodistas, se ocultaron las lágrimas, las exclamaciones y el dolor. Poco a poco los vecinos abandonan la escena, dejando el cadáver al cuidado de los policías. Luego un auto nuevo llega y bajan de él cuatro personas vestidas de negro. Una mujer con zapatos elegantes se abalanza al cuerpo, pero los policías le impiden tocarlo. Ella, en respuesta, grita y comienza gemir. Sus llantos se combinan con el viento que recorre los edificios de la calle.

El Vaca era hermano, hijo y padre de las personas de negro. Hubo un tiempo en el que fue dueño de un nombre, heredero de dos apellidos y se condujo con buena educación.

Lugar donde murio La Vaca
Lugar donde murió El Vaca.

***

La gente, al igual que El Charlie, han desaparecido. Esa madrugada reinaba el invierno con escarcha.

El Vaca está peleando las sobras de un tamal de mole. Sus contrincantes son dos ratas con la misma hambre que multiplica su atrevimiento, su ferocidad. Para ellas, El Vaca es un igual. El Crudo, su compañero de aventuras, le echa porras, mientras bebe alcohol marca Tonayan. El pequeño poodle toy interviene, gana la batalla y come su manjar, mientras su dueño observa.

Un tosido, otro tosido. El Vaca no puede contener la tos que aumenta conforme la temperatura baja. Un dolor lo inunda en todo el cuerpo, cientos de agujas atraviesan su cuerpo.

—¡Ayuda por favor!—grita el hombre, mientras su compañero se queda dormido de borracho. Los vecinos cierran sus ventanas.

—¡Diosito ayúdame!—vuelve a gritar el infeliz, mientras observa al frente las luces del Sanatorio Manuel Altamirano.

Una mujer cuyo departamento está sobre el local que sirve de hogar al Vaca, se asoma y le grita: —¡Cállate, quiero dormir!

El Vaca no se rinde, sigue gritando. Su fin está próximo. Nadie lo ayuda. Horas después vendrán las lágrimas de sus  supuestos amigos… de todos aquellos que pensaron que su agonía era la triste sombra de un borracho.


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Publicado el 22 junio,2016 Por: Camila Ayala Espinosa

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