La Victoria de Pamela

Publicado el 25 enero,2016 Por: Olga Behar

Por Olga Behar

Lo bautizaron como César Augusto, un nombre con el que nunca se sintió a gusto. Hasta que hace 20 años empezó a llamarse Pamela Victoria Mena una transexual que logró hacer de su condición un ejemplo para la sociedad y, especialmente, para la población LGTBI del Barrio Santa Fe de Bogotá.

Olga Behar (O.B.). ¿En qué momento de su infancia empezó a notar que era diferente a los niños que estaban a su alrededor? ¿Significó esto un problema para su vida?

(Pamela Victoria) P. Yo siempre jugué con mis hermanas, jugábamos al papá y a la mamá, yo era la mamá, jugábamos al reinado, yo era la reina. Siempre tuve inclinación hacia lo femenino, nunca hacia lo masculino; me compraban carros, los regalaba, los intercambiaba por objetos femeninos. Como era hermano de tres mujeres, ya se puede imaginar que lo femenino estaba por todos lados y yo me sentía a mis anchas, me movía y me sentía como una niña, y así mismo fue en el colegio, mantenía con el uniforme de educación física, porque así todos somos iguales y yo no tenía esa distinción, me encantaba andar en ese atuendo.

El primer nombre que me pusieron los niños fue Violeta, imagínese que los niños me reconocieran como niña, era porque todo el entorno en el que yo me movía era femenino.

A los 13 años salí del clóset, en el sentido de sacar lo femenino que hay en mí y convertirme en la mujer que usted ve ahora. Mis transformaciones fueron a los 22, 23 años, pero empecé desde muy niña, cuando me manifesté como mujer, nunca me sentí hombre. Solamente cuando me desnudaba me sentía rara al ver mis hermanas desnudas y yo con pene, me sentía ese bulto raro y me sentía diferente. Pero, de resto, al verlas a ellas planas de pecho, de cabello corto -porque así se usaba entonces- nunca sentí la diferencia.

Por eso digo, los tránsitos de todas son muy diferentes, nunca vamos a encontrar otra igual. Vamos encaminadas hacia lo muy femenino pero nunca nos sentimos realmente hombres, hay muchas que han vivido una apariencia de hombre pero en su intimidad y su orientación, son femeninas.

Pero empecé a tener problemas cuando salí por mi cuadra; todo mundo quedó sorprendido, decían: ¿Qué pasó con el hijo de la señora Mena? ahora es una chica. Pero allí es cuando uno le da educación a la gente; yo eduqué a mi barrio, para que me trataran como mujer, porque fui una persona educada con valores buenos, mi mamá me dijo: Si usted quiere ser una mujer tiene que aprender a comportarse como tal, lo que para ella, en esa época, era el concepto de hacerse cargo del hogar. Para mí, ahora, es mucho más allá de estar relegada en la casa.

O.B. Creo que usted fue privilegiada por ese hogar, pero hay una gran cantidad de trans que han tenido una infancia durísima, que han sido estigmatizadas.

P. Empecé a darme cuenta primero en Palmira, Colombia, con las chicas de la peluquería donde yo trabajaba, uno de los primeros oficios que aprendí aparte de lavar, planchar, cocinar y todo lo demás; yo llegaba a la peluquería y había chicas que me decían: en mi casa me echaron cuando yo manifesté que era así, me pegaban, me violentaban, me hacían mil cosas para cambiarme de lo que yo. Después –hace 16 años- vine a Bogotá y me encontré con muchas que enfrentaron el rechazo familiar.

El primer rechazo es la familia, ese es el miedo de mostrarnos a la sociedad, perder el apoyo familiar, muchas tuvimos la berraquera de enfrentar y sacar lo que nosotras somos, pero a algunas les cuesta más y entonces se quedan en sus casas y no logran lo que quieren, lo que sienten.

Como se presentan tantos rechazos de la casa, el colegio y demás, entonces qué haces, sales a la calle para encontrar otras personas que se parecen a ti, que sienten y que sufren lo mismo que tu sufres. Yo creo que un ser humano no puede vivir con tormentos y con miedo hacia la vida, porque nunca se va a realizar ni mostrar sus capacidades. Hay gente que dice: Yo prefiero que usted sea gay pero no transgénero. Y para nosotras, manifestar lo que somos no es malo, malo es cómo la gente lo ve a uno y cómo lo malinterpreta.

O.B. ¿Cómo fue su primer amor?

P. En ese campo no tengo mucha experiencia. De pronto, por la forma como me criaron, yo nunca vi una figura masculina al lado de mi mamá. Entonces por eso también tiendo a ser solitaria. El amor en nosotras es más sentido de pertenencia, del cuidado, quién más que nosotras para cuidar de sí mismas y a los otros.

Por mi vida han pasado demasiados hombres pero se acercan a nosotras por curiosidad, por morbo, por sexo, por lo que producimos, pero yo en particular todavía no he encontrado un hombre que se preocupe por mí. Puedo hablar de la experiencia de otras chicas, que llevan 20 o 25 años con sus parejas. Entonces, de alguna forma el amor en nosotras también funciona porque es un amor de compartir, de arriesgarnos juntos y para nosotros es muy importante que un hombre se enfrente a la realidad contigo. Independientemente de que tengas un miembro masculino, él te está haciendo sentir mujer, pero yo no he tocado tanto el amor,

O.B. ¿Qué fue lo que la impulsó a venirse a Bogotá? Y ¿sintió miedo de venirse de Palmira a la capital?

P. Miedo, pues claro; en ese tiempo, irse a la capital a ejercer la prostitución era un tema muy duro, porque había que venir a luchar con todo este estigma, discriminación, golpes y maltratos que nos ofrecían. También miedo a qué me iba a encontrar, si me iba a gustar o no, en dónde iba a vivir, todos esos miedos se te vienen a la cabeza, pero uno pregunta ¿dónde están las chicas así como yo? y los taxistas te llevan al lugar.

Llegué al Barrio Santa Fe, era menor de edad, en muchos lugares no conseguí arriendo por eso, me tocó llegar al apartamento de una chica trans. Ya cuando cumplí cierta edad, me fui a vivir a otros lugares donde podía transitar.

O.B. ¿Qué cirugías se ha hecho? Si se puede saber…

P. Yo cometí el gran error en 2002 -pues no había el suficiente conocimiento- de meterme silicona fluida, que hacía daño. En la búsqueda de mi trasero ahorre mucho dinero y mandé a traer silicona ecuatoriana; me la inyectó una compañera en la cola. Me formó todo bellísimo, pero después tuve complicaciones y eso también es de lo que he querido empapar a mis compañeras, a las nuevas generaciones: las que no lo han hecho, no lo hagan, sacrificamos nuestro cuerpo en busca de nuestra identidad. Ahora ya la violencia no nos mata, pero nos estamos matando nosotras mismas con esta forma de transformarnos. Tengo problemas de circulación, no puedo estar mucho tiempo sentada, cambio de coloración de piel en la cola, cosas que lo llevan a uno a mantener el cuerpo cubierto.

O.B. Dentro de ese proceso de feminización, al ver esa cintura, ese torso que ya quisiera cualquier mujer tenerla, ¿cómo logran ustedes tener ese cuerpo tan femenino?

P. De muchas formas, hay unas que se hacen muchas cirugías, está la obsesiva de las dietas, las que no engordamos y también es debido al silicón, el cual te da una horma que queda así por algunos años pero después se empieza a mover. Nosotras tenemos cuerpo de hombre, donde las mujeres tienen cadera nosotros tenemos hueco. Entonces, a ese lado empezamos a rellenar, para las caderas, que es para contrastar el ancho de la espalda con la cintura y la cadera, para no quedar como un cono. Uno trata de compensarlo pero a muchas no les importa el tema de la salubridad, los cuidados al hacerlo.

Por esta razón también decidí trabajar con la Secretaría de Salud de Bogotá, porque si no tienes salud no te puedes mover en ningún campo. Pero el trato siempre ha sido muy precario; inclusive, cuando uno se acerca a un centro de salud, nada más el vigilante te empieza a discriminar. Hay que cambiar ese paradigma, enseñarle a la gente que nos tiene que tratar con respeto.

O.B. Usted ejerció la prostitución en la calle, con el miedo al maltrato o a contraer una enfermedad, ¿Cómo se controlan los nervios, como se logra tener esa personalidad de hierro?

P. A veces, las mismas ganas de surgir o de mantenerse y la necesidad de pagar un arriendo, de comer, si no salgo a la calle qué voy a comer, yo ladrona no soy, tampoco soy capaz de quitarle la vida a una persona. Entonces, esa es la opción que queda. En la calle también se conocen las drogas, el licor -que ayuda a soportar-. Yo recibí golpes en la calle, puñaladas, fueron tiempos muy duros, uno sufre mucho, pero todo eso me ha ayudado a salir adelante, si yo pude las otras también pueden y por eso me gusta contar mi historia, para mostrarle a las familias que tienen hijos transgénero que los apoyen para que no pasen por cosas tan duras.

O.B. ¿Cómo logró usted salir de eso, cómo logró dejar la prostitución?

P. Un día de licor, de drogas, desperté con uno de esos guayabos (cruda) depresivos. Dije, ya tengo 32, qué hice con mi vida, a qué punto llegué, qué estoy haciendo. También, ver mujeres trans muy mayores metidas en la prostitución. Me dije: ¿Ese va a ser mi ejemplo? ¿Llegar a viejita y seguir en esto sin poder evolucionar?, porque en el mundo de nosotras, cuando la edad avanza, ese oficio empieza a decaer. Eso me llevó a querer cambiar. De estar parada en una esquina prostituyéndome me metí a un hotel de camarera. Dije: no más, no quiero prostituirme más.

Tiempo después me metí al concurso de mujer T. Pensé que era el típico concurso de belleza donde uno desfila en diferentes trajes. Pero al ver el trasfondo, que es el empoderamiento de nosotras, el trabajo que hacemos en nuestra localidad, dije me voy a meter, pero antes consulté con mis amigas y muchas me apoyaron. Salí ganadora, a pesar de que muchos no daban un peso por mí por ser la de peor reputación, hice que la forma de ver a los transgéneros cambiara, desde la televisión, la forma como nos tratan, inclusive nos reconocen como mujeres, ya podemos tener femenino en la cédula, ya no nos piden tarjeta militar.

O.B. Hay un tema inquietante, el de los menores de edad que están en las calles ejerciendo la prostitución, muchos de ellos trans. ¿Ha sido muy difícil ayudarles?

P. En la capital no se ha hecho nada, yo llegué siendo menor de edad y hasta ahora sigo viendo estos casos y quizás peor, niños de 13 y 14 años ejerciendo la prostitución; ya ni siquiera la policía tiene un control, un niño de esa edad debería estar aprendiendo, educándose, haciendo otras cosas no estar parada en una esquina. Muchas son habitantes de calle porque no hay un apoyo real del Estado y cuando viene Bienestar Familiar y se lleva una menor, la quieren convertir en hombre. Cómo hacer eso si ya tocó la calle, sabe qué es sentirse femenina y desarrollarse como mujer. Fuera de eso, por el maltrato que reciben de los mismos chicos con quienes conviven allá y las condiciones -que no son buenas-, salen con más rencor hacia la vida, con más ganas de quererse vengar por todo el maltrato que recibieron. El tema con las menores de edad no solamente es con transgéneros, sino también con los hombres y las mujeres, uno los ve en las esquinas consumiendo pegante, droga, mal vestidos y eso nadie lo ve. Se dice que se viene trabajando, pero realmente yo que lo vivo en carne propia, no creo que haya habido un avance por parte del gobierno.

O.B. Usted trabajó en el gobierno de Bogotá. ¿Cómo ve su situación ahora?

P. Hay que saber qué tantos fueron los avances internos que tuvimos para así mismo seguir trabajando y seguir luchando por lo que se viene combatiendo durante mucho tiempo. Yo ejercí el trabajo sexual mucho tiempo también, hace un año ya no lo hago debido a otras condiciones de vida que me han permitido superarme y capacitarme como persona y como mujer. El problema es como uno se posiciona ante los demás, cómo es el respeto que uno ofrece hacia las otras personas, para que ellas retribuyan ese respeto que yo merezco. Yo no tengo que andar mostrándole a la gente si soy mujer o no, pero lo que si le pido a la sociedad es que me respeten como la persona que soy con mis capacidades, derechos y deberes como cualquier ser humano.

Publicado el 25 enero,2016 Por: Olga Behar

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